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Página 1 de 3 PULULACIÓN DE SECTAS
Tomado del libro BREVE HISTORIA DE LAS HEREJÍAS
del Canónigo Cristiani
Los treinta y nueve artículos
La Iglesia Anglicana constituye una institución particular en el seno del protestantismo, del cual rechaza incluso el nombre, que, sin embargo, nosotros le aplicamos con frecuencia. El rey Enrique VIII se mostró al principio muy hostil al luteranismo y obtuvo de la Santa Sede el título de «Defensor de la fe». Pero, al no poder obtener de Roma la disolución de su matrimonio con Catalina de Aragón y el reconocimiento de sus segundas nupcias con Ana Bolena, se proclamó Jefe de la Iglesia de Inglaterra. Los católicos que siguieron fieles a Roma fueron condenados y ejecutados como traidores a la Corona, mientras los adherentes al luteranismo eran quemados como herejes (1534). Este cisma ocasionó bastantes mártires, siendo los dos más célebres John Fisher, Obispo de Rochester, y Tomás Moro, antiguo canciller del reino. A la muerte de Enrique VIII, subió al trono su hijo Eduardo VI. Como sólo tenía diez años, el gobierno fue encomendado a regentes, primero a Somerset y luego a Warwick. Entonces hizo la herejía protestante su primera aparición. El introductor fue Crammer, nombrado Arzobispo de Canterbury por Enrique VIII, que durante el reinado de éste guardó una prudente reserva. Hizo venir del continente a Martín Bucer, de Estrasburgo, a Bernardino Ochino, antiguo general de los capuchinos que había apostatado, a Pedro Mártir, antiguo agustino de Fiesole, y a Juan Knox, futuro «reformador» de Escocia.
Soplaban vientos de herejía por todo el reino. Pronto Calvino, desde Ginebra, comenzó a enviar largas cartas en las que trataba al rey como si fuera un experto teólogo. En 1549 supieron, por fin, los ingleses lo que debían creer: Crammer publicó una confesión de fe de 42 artículos. De repente, se produjo un golpe teatral. Murió el joven rey y le sucedió su hermana María Tudor, hija del primer matrimonio de Enrique VIII. María, que no había dejado nunca de ser católica, sacó de las cárceles a los obispos que se habían negado a adherirse a los 42 artículos de Crammer. Éste fue detenido y acabó por expiar en el cadalso sus variaciones políticas y religiosas. María Tudor, ayudada por su primo el cardenal Reginald Pole, reconcilió a Inglaterra con la Iglesia de Roma. Podía esperarse la vuelta a la calma y a la paz cuando murió María, sin hijos, el 15 de noviembre de 1558. En 1554, con gran disgusto de los ingleses, se había casado con el rey de España, Felipe II, hijo de Carlos V. Sucedió a María Tudor la reina Isabel, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Era mujer de gran sutileza, cultura, voluntad y autoridad, pero desprovista de toda moral, uniendo a la coquetería el cinismo y la crueldad. Isabel rompió definitivamente con Roma y dio a Inglaterra su «credo» y su organización religiosa.
En 1559, se proclamó Jefe de la Iglesia Nacional por el Acta de Supremacía y, por el Acta de Conformidad, puso otra vez en vigencia el Libro de Oración Común, ya publicado bajo el reinado de Eduardo VI. Todos los obispos del tiempo de María fueron destituidos. Un calvinista, Matías Parker, fue llamado a la silla primada de Canterbury. A juicio de Roma, fue consagrado inválidamente porque se excluyó expresamente del ritual la idea de sacrificio, sin la cual «no hay sacerdocio válido». Y como Parker consagró después a todos los obispos, según el mismo ritual y sin tener poder de consagrar, todas las ordenaciones anglicanas fueron desde entonces inválidas. Tras cuidadosas investigaciones exigidas por las respetables convicciones de ciertos anglicanos, el Papa León XIII declaró (en la bula «Apostolicae curae », de 13 de septiembre de 1896) que las citadas ordenaciones no tenían valor. En cuanto a la Confesión de Fe, en 1563 se volvieron a adoptar los 42 artículos de Eduardo VI, aunque reducidos a 39, los cuales son todavía hoy la Carta de la Iglesia Anglicana oficial. De los 39 artículos, hay varios perfectamente ortodoxos sobre Dios, la Trinidad, la Encarnación, la Muerte y Resurrección de Cristo, la divinidad del Espíritu Santo, el carácter obligatorio del Decálogo y los Símbolos de Nicea y de Atanasio. Pero en otros se encuentran las herejías de Lutero y Calvino: el artículo VI declara que «la Escritura contiene todo lo necesario para la salvación», omitiendo la «tradición», que no es más que el magisterio de la Iglesia asistida por el Espíritu Santo.
El artículo VIII define el pecado original como «una corrupción de la naturaleza humana..., que persiste incluso en los regenerados por el bautismo ». Confunde, pues, el pecado con la concupiscencia, consecuencia de aquél, y mutila la eficacia del bautismo. El artículo XI enuncia el principio de la «justificación por la fe sin necesidad de las obras», lo cual es francamente herético. El artículo XIX afirma que «la Iglesia de Roma se ha equivocado con frecuencia en cuestiones de fe». Y el artículo XXII pretende poner ejemplos de dichas equivocaciones: la creencia en el purgatorio, la práctica de las indulgencias y el culto de las imágenes, reliquias y santos. El artículo XXV sólo reconoce dos sacramentos de los siete: el Bautismo y la Cena. Y, en la Cena, la Iglesia Anglicana, siguiendo a Calvino, sólo admite la «presencia espiritual » de Cristo y sólo en el momento de la comunión. El artículo XXXI suprime la Misa como sacrificio de la Nueva Ley, y el XXXII acaba con el celibato eclesiástico. Añadamos que estos artículos han sido y son todavía interpretados por los anglicanos en sentidos muy diferentes, de suerte que la Iglesia Anglicana se compone de grupos cuyas ideas teológicas van desde el radicalismo más completo hasta una posición muy cercana al catolicismo romano. Se distingue la Alta Iglesia, que se halla muy cerca de la fe católica; la Iglesia Amplia, que da poca importancia a los dogmas y los interpreta lo más liberalmente posible, y la Baja Iglesia, cercana al calvinismo y muy hostil a Roma.
Pululación de sectas
Estas divergencias entre anglicanos nos llevan al hecho mucho más grave de la multiplicación de las sectas, hecho dominante en la historia del protestantismo. En virtud del recurso a la Biblia, surgieron, más o menos en todas partes, junto a las iglesias oficiales, afianzadas y, como se decía, «establecidas», una serie de sectas más o menos violentas, cuyo carácter común era el no- conformismo. El biblicismo ha actuado siempre como fuerza centrífuga, como fermento de desunión y de divisiones hasta el infinito. Esta idea no es sólo de los grandes controversistas católicos, y, en particular, de Bossuet en su célebre «Historia de las variaciones de las iglesias protestantes», obra admirada por todos y que data de 1688, sino que la misma idea es también subrayada por autores protestantes. Un escritor contemporáneo americano, Ch. Morrison, ha escrito: «La tendencia secesionista, característica de todo el protestantismo, es realmente excesiva en los Estados Unidos». El Anuario de las Iglesias Americanas de 1954 incluye 86 denominaciones diferentes. Y entre estas denominaciones, las hay que se subdividen en numerosas sectas, de manera que se puede estimar en 263 el número de sectas actualmente existentes en Estados Unidos, país en que están representadas todas las denominaciones europeas. He aquí una breve lista, que nos dará una idea de la multiplicación de grupos religiosos independientes unos de otros: Iglesias baptistas, en América, 17.470.111 adherentes, repartidos en 29 sectas; iglesias metodistas, 11.664.978, en 21 sectas; iglesias luteranas, 6.313.892, en 19 sectas; iglesias presbiterianas (calvinistas), 3.535.171, en 10 sectas; iglesia Episcopal protestante, 2.482.887, en una sola secta; Discípulos de Cristo, 1.815.627, en una sola secta; iglesias evangélicas, 1.618.339, en 5 sectas; iglesias de Cristo, 1.500.000, en una sola secta; iglesias congregacionistas, 1.273.628, en 2 sectas; Mormones o Santos de los Últimos Días, 1.210.336, en 6 sectas; Iglesia de la Ciencia de la Unidad de Cristo, 1.112.123, en una sola secta. Por debajo de estas sectas, que pasan del millón de adeptos y que frecuentemente se hallan subdivididas en sectas más o menos numerosas, queda todavía una verdadera nube de agrupaciones que sólo cuentan con algunos millares de adeptos, pero que muchas veces compensan la escasez de número con la virulencia de su propaganda. Esta proliferación de sectas es también una característica de la época actual.
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