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Página 1 de 2 Por el R. P. Jean-Michel Gleize
Tomado de Revista Iesus Christus
En una carta -fechada el 8 de julio de 1987- que dirigió a Monseñor Lefebvre, el Cardenal Ratzinger escribió: "Una voluntad permanente de destrucción de la Tradición es una voluntad suicida que autoriza, por su mismo hecho, a los verdaderos y fieles católicos a tomar todas las iniciativas necesarias para la supervivencia y salvación de las almas".
Y el dÃa de las consagraciones, el 30 de junio de 1988, Monseñor reiteraba esta comprobación para concluir en la legitimidad de las consagraciones episcopales: "nos encontramos -explicaba- en un caso de necesidad {...)A través de esas conversaciones intentamos por todos los medios hacer comprender a Roma que, desde el Concilio, este aggiornamento, este cambio que se produjo en la Iglesia, no es católico, no condice con la doctrina de siempre de la Iglesia; este ecumenismo y todos esos errores, esa colegialidad, todo ello es contrario a la fe de la Iglesia y está destruyendo la Iglesia. Esa es la razón que se nos persuade de que al hacer hoy esta consagración, obedecemos a la voz de estos Papas (anteriores al Vaticano II), y por tanto, a la voz de Dios, ya que ellos son los representantes de Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia".
Lo que explica la actitud de Monseñor Lefebvre y de la Fraternidad Sacerdotal San PÃo X no es, pues, antes que nada un apego personal a la Misa en latÃn, a la sotana, a la teologÃa, a la liturgia y a la disciplina eclesiástica anterior. Si el motivo de nuestro combate no fuese más que ese compromiso personal, hubiésemos debido aceptar ya desde hace tiempo (como lo hicieron los sacerdotes de Campos) la mano extendida por el Cardenal Castrillón Hoyos, que se esfuerza por corresponder la sensibilidad de los fieles tradicionales. Pero la Fraternidad San PÃo X no es un refugio de almas sensibles y nostálgicas. Es una obra de resistencia católica identificada absolutamente con la actitud de los Macabeos. Es una resistencia que se explica por el estado de necesidad: este estado de necesidad "para los verdaderos y fieles católicos es tomar todas las iniciativas necesarias para la supervivencia y salvación de las almas".
Dada la importancia de lo que está en juego, intentemos comprender un poco más los motivos profundos de esta resistencia a la luz de esta razón invocada por Monseñor Lefebvre. El estado de necesidad es una situación en la que, si se sigue obedeciendo a la autoridad, uno se desvÃa del fin al cual se supone que la autoridad debe conducirnos; porque precisamente, quien detenta la autoridad en la sociedad ya no ejerce a esta autoridad de modo de alcanzar el bien de la sociedad: es infiel a su función y abusa de su poder. Como apunta el Cardenal Cayetano: "el Papa puede negarse a actuar de acuerdo a lo que exige la función de Papa". Desgraciadamente, eso es posible: los hombres pueden ejercer a su autoridad (en la sociedad civil o en la Iglesia) en detrimento del bien común.
Eso corresponde exactamente a lo que se llama tiranÃa: el tirano es el que utiliza su autoridad contra el objetivo para el cual la recibió; en vez de favorecer el bien común, el tirano favorece su bien personal.
Es claro que desde el Concilio Vaticano II la Iglesia se encuentra en esa situación. El bien común de la Iglesia es la transmisión de la fe católica, es decir, la Tradición. Si el Papa recibió de Cristo una autoridad, fue solamente para conservar la Tradición. Ahora bien, nos vemos obligados a comprobar que desde Juan XXIII y Pablo VI los Papas ya no guardan la Tradición. En vez de seguir transmitiendo el depósito de la fe al igual que lo hicieron sus antecesores desde hace dos mil años, se dedicaron a imponer a los fieles sus ideas personales, sus invenciones teológicas, que son absolutamente contrarias a todo lo que Nuestro Señor enseñó. Desde 1965 estos Papas nos impusieron un nuevo Credo con tres artÃculos: la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad. Y desde 1969 nos impusieron también una nueva liturgia con la nueva misa (la "misa de Lutero ") y los nuevos sacramentos. Estos Papas se comportaron, pues, como verdaderos tiranos: en vez de defender la fe, impusieron los graves errores del neo-modernismo, las herejÃas ya condenadas por sus antecesores. Ante esta tiranÃa, la Iglesia debe reaccionar sacudiendo el yugo injusto.
Hay un estado de necesidad que torna legÃtima la resistencia: es esta resistencia lo que explica la obra de Monseñor Lefebvre y de la Fraternidad San PÃo X. Monseñor Lefebvre se dio cuenta perfectamente de que estaba ante un dilema: o capitular ante la tiranÃa bajo pretexto de obedecer, o resistir a la tiranÃa rechazando una falsa obediencia: "Si este gobierno (el de la Iglesia conciliar) abandona su función y se vuelve contra la fe, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Permanecer unidos al gobierno o unidos a la fe? Podemos elegir. ¿La fe es lo principal? ¿El gobierno es lo principal? Estamos ante un dilema y nos vemos obligados a hacer una elección"} Esa elección tuvo lugar y la defensa de la fe triunfó sobre la falsa obediencia: "No desafiamos la autoridad del Papa, sino lo que hace. Le reconocemos al Papa su autoridad, pero cuando la utiliza para hacer lo contrario de aquello por lo cual le fue dada, es claro que no puede ser secundado". Estas palabras son de hace veinte años. En la actualidad todo depende aún de este estado de necesidad. Si se admite que ya no existe, entonces es necesario cesar con una resistencia que no tiene más de razón de ser, es necesario firmar acuerdos con Roma y "volver a entrar" en la comunión de la Iglesia: es lo que hacieron los sacerdotes de Campos y los del Instituto del Buen Pastor.
Pero si los ojos se mantienen abiertos, se advierte que el estado de necesidad sigue existiendo, y es por eso que es necesario seguir con la resistencia. Asà como en junio de 1988 Monseñor Lefebvre habrÃa consumado una "Operación suicidio " renunciando consagrar a los cuatro Obispos, asà también cerrar hoy acuerdos con Roma -en circunstancias que no cambiaron, puesto que los mismos errores infectan a las autoridades romanas- serÃa un suicidio. Y es lo que afirma el Superior General de la Fraternidad San PÃo X, Monseñor Fellay.3 Las circunstancias no cambiaron, ya que el Papa Benedicto XVI continúa predicando los errores del Concilio Vaticano II. Cuando su elección, es seguro que muchos se congratularon precipitadamente al ver a un Papa conservador, que iba finalmente a concretar la marcha atrás. Pero recordemos los años 1979-1981, ocho años antes de la excomunión de julio de 1988... Juan Pablo II, recientemente elegido, suscitaba también el entusiasmo de las fuerzas conservadoras de la Iglesia. Según los rumores que circulaban por doquier, iba a ser el Papa de la vuelta a la sana doctrina de la Iglesia, el Papa que iba a corregir el Concilio Vaticano II a la luz de la Tradición. Pero dos años más tarde cayó sobre ellos un balde de agua frÃa, cuando se vio al Papa ir casi como un peregrino a la tumba de Lutero; a esto siguió la visita a la sinagoga de Roma, y finalmente el escándalo de AsÃs. Benedicto XVI mostró lo que era mucho más rápidamente, disipando algunas ilusiones que podrÃa haber creado su fama de teólogo conservador. Fue elegido hace apenas tres años, y cuando se analiza el camino recorrido, se puede decir que va a la zaga de Juan Pablo II. Además, uno puede ceñirse a las afirmaciones que hizo al poco tiempo de ser elegido en una entrevista que le hiciera la televisión polaca el 16 de octubre de 2005: "Pienso que mi misión esencial es la de hacer que estos documentos (de Juan Pablo II) sean asimilados, ya que constituyen un tesoro muy rico, son la auténtica interpretación del Vaticano II. Sabemos que el Papa era un hombre del Concilio, que habÃa asimilado internamente el espÃritu y la letra del Concilio, y a través de estos textos nos hace entender realmente lo que querÃa y lo que no querÃa el Concilio".
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