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La Revolución Protestante Imprimir E-mail
Lunes, 23 de Marzo de 2009 01:05

Del Libro Las Grandes Herejías
del Canónigo Cristiani

Una catástrofe

Hay dos fechas especialmente deplorables en la larga historia de la Iglesia. La primera es el 16 de julio de 1054, día en que estalló el cisma entre la Iglesia griega y la latina, por la excomunión de Miguel Cerulario, Patriarca de Constantinopla. La segunda es el 31 de octubre de 1517, en que empezó la Revolución Protestante, con la aparición de las Tesis sobre las Indulgencias, debidas al fraile Martín Lutero. El cisma griego no es, hablando con propiedad, una herejía. Por ello no lo hemos expuesto en este pequeño resumen de las herejías. Había habido precedentes: el cisma de Acacio, que ya hemos señalado, y el cisma de Focio en el siglo IX. Por dos veces se restableció la unidad: en el Concilio de Lyon de 1274 y en el de Florencia de 1438-39. Pero las dos reconciliaciones fueron efímeras. Pocas cosas separan, sin embargo, a la Iglesia griega, que se llama a sí misma y a la que nosotros también llamamos «Iglesia ortodoxa», para reconocer la autenticidad de su fe. Cuando rezamos por la unión de las Iglesias, lo hacemos en primer lugar por la reconciliación de las dos Iglesias hermanas la Iglesia Romana, Madre y Centro de las Iglesias, y la Iglesia ortodoxa.

La Revolución protestante fue desgraciadamente mucho más grave y por ello empleamos al referirnos a ella el subtítulo de «una catástrofe». De la triple unidad querida por Cristo para su Iglesia: unidad de fe, unidad de comunión y unidad de gobierno, sólo esta última se ve afectada por el cisma. Pero por la Revolución protestante, las tres formas de unidad se vieron afectadas y dicha unidad rota. Según la expresión consagrada, «se desgarró la túnica inconsútil de Cristo».

Las causas del protestantismo

Al estudiar las causas del protestantismo, se acostumbra a trazar un cuadro sombrío de los abusos que manchaban a la Iglesia: secularización del Papado y de gran parte del clero; invasión de paganismo en el humanismo so capa de vuelta a la antigüedad clásica griega y latina; desarrollo del nacionalismo y aparición de la política llamada «realista», es decir, desdeñosa de toda regla moral y atendiendo sólo a los resultados, política de la que Maquiavelo fue gran teórico e historiógrafo. Todo ello es cierto, pero no es lo esencial. Podía haber desórdenes en el seno de la Iglesia, podía aparecer la herejía, pero no era inevitable que ésta tomara la forma de iglesias separadas y degenerara en cismas numerosos y hasta ahora incurables. Lo más grave de esta dolorosa revolución en el seno de la Iglesia fue que intentara llevar a cabo una refundición de los dogmas, un volver a la pureza del cristianismo, en una palabra, que recabara para sí el gran nombre de Reforma que circulaba en el seno de la Iglesia desde hacía siglos. Reformar la Iglesia es un programa atractivo y grandioso. Pero había que evitar un triple error: 1., el creer que la Iglesia, por deficiente que fuera en relación con su ideal primitivo, había podido, en tanto que Iglesia, errar en la fe; 2. el imaginar que la fe pura perdida en la Iglesia podía volverse a encontrar, como se encontró la antigüedad clásica en los manuscritos griegos y latinos; 3. el pensar que, una vez encontrada la fe, por los esfuerzos de uno o varios reformadores, la doctrina cristiana podría ser preservada para siempre de toda nueva alteración. Hubo un error referente al pasado, porque la Iglesia, aún carcomida por los abusos, recibió de su Fundador la promesa de ser asistida por el Espíritu Santo, de manera que nunca pudiese traicionar al depósito de la fe. Hubo un error en cuanto al presente, porque no es propio de la potencia humana el volver a encontrar la fe por el simple juego de recurrir a la Escritura, es decir, por la exégesis y la filología. Hubo un error en lo referente al futuro, en el sentido de que el recurso a la Escritura, erigido en principio absoluto de la restauración, debía revelarse, por el contrario, como principio de dispersión y de continuas divisiones para aquellos mismos que pusieron en él su confianza. Dicho esto, recordemos los hechos esenciales.

Lutero y la ruptura de la unidad

Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Sajonia. Su padre era minero y le dejó por toda herencia un temperamento e «rudo sajón», según expresión del mismo Lutero. Su madre, Margarita de Ziegler, era un ama de casa muy creyente, pero muy supersticiosa y con un marcado gusto por las historias de brujerías y encantamientos. La vida colegial del joven Lutero fue de sufrimientos y privaciones. Recibió, sin embargo, lo que, según la moda de la época, era una excelente instrucción, basada en las normas de una escolástica seca y decadente. En 1505 llegó a maestro en artes por la Universidad de Erfurt. Su padre, orgulloso de sus éxitos, pensó en hacer de él un jurista, carrera en la que era más fácil hacer fortuna. Estuvo, pues, muy descontento cuando supo que su hijo acababa de entrar, sin su permiso, en el convento de los agustinos de Erfurt, el 17 de julio del mismo año 1505. ¿Qué había ocurrido? El joven Lutero, al volver a su patria chica el 2 e julio de 1505, se vio sorprendido a la entrada de Erfurt por una espantosa tempestad. Vio la muerte muy cerca y precipitadamente formuló el voto de hacerse monje si escapaba a la furia de los rayos. Quince días más tarde cumplía su palabra. Esta vocación tan poco madurada iba a influir en toda su existencia. Al principio, sin embargo, todo fue bien. Lutero hizo el noviciado y profesó. El 2 de marzo de 1507 fue ordenado sacerdote y pasó de Erfurt a Wittemberg en calidad de profesor de la recién fundada universidad de esta ciudad. En 1510-1511, hizo un viaje a Roma para asuntos de su convento, viaje que, pese a lo que se ha dicho después, no alteró su fe en el Papado. A su vuelta, sin embargo, se manifestó adversario de la «estricta observancia» en la Orden, es decir, de colocarse bajo la obediencia de sus superiores en la fe y la humildad.



 

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