| Yo Soy la Inmaculada Concepción |
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| Miércoles, 30 de Julio de 2008 16:33 |
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Página 1 de 2 Revista Iesus Christus A Inmaculada Concepción y el Corazón Inmaculado de María, la Medalla Milagrosa, Lourdes, Fátima, todos nombres muy queridos y dulces ante nuestros corazones. Porque son diferentes facetas de un mismo misterio: la Virgen María, nuestra Santísima Madre, obra maestra de Dios, ha sido preservada milagrosamente de todo pecado desde su concepción. La importancia capital de este dogma nos ha sido revelada por Nuestra Señora en Fátima: "para salvar a los pobres pecadores, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado". Todos saben que el dogma fue definido solemnemente por Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Cuatro años después, en la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, 15 de agosto de 1858, la Señora se apareció por última vez a Bernardita. Ésta le preguntó varias veces: "Oh Señora mía, sé buena y dime quién eres y cómo te llamas". La celestial Señora abrió las manos que tenía juntas, puso el Rosario en la derecha, extendió ambas manos inclinándolas hacia la tierra y después las elevó de nuevo, las juntó y, dirigiendo la mirada al cielo, con una amabilidad inexpresable, dijo: "Yo soy la Inmaculada Concepción"; y desapareció. La Inmaculada Concepción de María no es en absoluto una verdad nueva, una invención de la Iglesia. El pueblo cristiano, como guiado por un instinto sobrenatural, ha tenido siempre a la Madre de Dios por toda santa, toda pura, sin pecado, sin mancha, inmaculada. San Agustín no quería que se hablara siquiera lo más mínimo de pecado a propósito de la Virgen "a causa del honor del Señor"; y San Anselmo afirma que no se puede concebir mayor pureza que la de María, después de la de Dios. Es cierto que la Inmaculada es obra de Dios, y como toda obra de Dios, es incomparablemente menor, y depende completamente de su Creador. Sin embargo, es la obra más perfecta, más santa. Según San Buenaventura, "Dios hubiera podido crear un mundo más grande y más perfecto, pero no podía hacer nada más digno que María". Si Dios quiere que sean santos los sacerdotes para poder tomar en sus manos el Sagrado Cuerpo de Jesucristo, ¡qué pureza habrá querido para aquella Virgen que iba a convertirse en su Madre! En La Salette, la Virgen lloró amargamente por la impureza de los sacerdotes, porque se olvidaron de lo que son: "Vosotros sois el templo del Dios vivo, como lo dice Dios: habitaré en ellos y caminaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (II Corintios, 6,16). Dios quiere que todo sacerdote, todo cristiano sea santo, y quiere comunicarnos su santidad por María. Digamos, pues, como gustaba repetir el Santo Padre Kolbe: "Todo lo puedo en Aquel que me fortalece por medio de la Inmaculada". El dogma de la Inmaculada Concepción se funda, en primer lugar, sobre las palabras del Arcángel Gabriel saludando a María: "Ave, gratia plena". ¡Saludo inaudito, jamás escuchado hasta entonces, dirigido a María de parte del mismo Dios! Ahora bien, decir que María es "llena de gracia", es evidentemente afirmar que no le falta ni le ha faltado jamás ninguna gracia particular. Por lo tanto, desde el primer instante la Virgen fue toda agradable a Dios, toda hermosa. "Eres toda hermosa, amiga mía, y no hay en ti mancha alguna" (Cantar de los Cantares, 4,7). Y esto no sucedería si María hubiera sido concebida, como nosotros, con pecado original. ¡Guerra a Satanás! Pero hay aquí otro tema importante para nuestros desgraciados tiempos. E1 dogma de la Inmaculada Concepción se funda, en segundo lugar, sobre este pequeño versículo del Génesis: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ésta quebrantará tu cabeza" (Génesis, 3, 15). He aquí el comentario del Padre Terrien: "Según el sagrado texto, la enemistad entre la mujer y la serpiente es una enemistad sin restricción, absoluta, que el mismo Dios ha puesto; una enemistad singularmente propia de esta mujer, por razón de la unión íntima que la liga con su fruto; una enemistad que coloca a la misma mujer en oposición con la serpiente infernal, causante del pecado de naturaleza (el pecado original); una enemistad que contrasta eficazmente con la amistad de Eva, es decir con una amistad cuyo término es para Eva y para su descendencia la privación de la gracia original; una enemistad semejante, o, mejor dicho, idéntica a la que debe haber entre el hijo de la mujer y el demonio, representado por la serpiente; una enemistad, por fin, que en definitiva se endereza al aplastamiento de la serpiente infernal bajo el pie del hijo de la mujer". De modo que hay una guerra a muerte entre dos enemigos irreconciliables: la Virgen y Satanás. Y no podía ser de otro modo: "¿Qué sociedad puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿O qué acuerdo entre Cristo y Belial? ¿Qué pueden compartir el fiel y el infiel? ¿Qué consenso entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios vivo como lo ha dicho Dios" (II Corintios, 6,14). Y el primer templo del Dios encarnado fue el seno purísimo de María. Entre Satanás y María la oposición es total, irreconciliable. Satanás es el primer revolucionario, y a su soberbio "¡non serviam!" contestó el humilde "¡fíat!" de la pequeña esclava del Señor. El más grande de los ángeles de Dios se convirtió en el peor de los demonios. La más humilde de las mujeres reinará para siempre sobre el Cielo y la tierra. Satanás se amó a sí mismo hasta la idolatría. María amó a su Dios sin medida: porque la medida de amar a Dios es amarlo sin medida. |
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