| El Alma de la Congregación del Desagravio: el Victimado |
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| Lunes, 23 de Marzo de 2009 01:09 |
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Página 1 de 3 Mínimas Franciscanas Caridad + Inmolación En Cristo y nuestra dulcísima Madre, la Virgen pura. Nuestra Reverenda Madre fundadora de esta Congregación del Desagravio (mínimas franciscanas) recibió como gracia especialísima la misión de enseñar a las almas el amor a la Justicia Divina entregándose a ella como víctimas por amor. Para esto, ella recibió muchas luces particulares, que son la base de nuestra espiritualidad. Nuestra Rev. Madre María Concepción Zúñiga escribe así: El Corazón de nuestro Redentor fue impulsado por dos amores: el amor a la Justicia Divina y el amor al hombre caído. Él me ha hecho conocer que fue su Corazón el primero en rendir a la Justicia culto de amor. Quiere Jesús que se ame y no se tema a la Justicia Divina. Nuestro Señor sufre cuando se le teme a esa Justicia. Ser Justo es ser Santo, ser Bueno, Amable, digno de confianza y no de temor, por eso Él espera ser amado en su Justicia y confiar en ella tanto como en su amor infinito. Yo quisiera que todas las almas supieran rendirle a este atributo el culto de amor y confianza, de adoración a su Justicia, porque es el camino más corto para santificar a las almas. Cuando se da amor a la Justicia Divina, el Padre Celestial trueca su Justicia en amor, porque si no fuera justo no fuera misericordioso, pues es justo usar de misericordia con el miserable. Nuestro Señor me hizo saber que el alma que ama su Justicia ha dado con la clave de su Corazón, porque con amor se desarma su Justicia. Ese culto de confianza, de amor y de paz inalterable de parte del alma, es lo que Jesús quiere que tengamos a su Divina Justicia. No temer sus sentencias ni sus juicios, y ni aún sus… (lo que nosotros llamamos castigos y que no son sino) crisoles que nos purifican y hermosean, y que Dios los decreta porque nos ama mucho. La víctima de la Divina Justicia, aunque debe desagraviar por todos los pecados y su intención debe ser universal, de manera especial debe hacerlo por los obstinados, los herejes, los que por su malicia se han colocado fuera de la gracia de Cristo. Pues quiere ser Jesús en cada alma víctima otro Cristo que sufre y que padece en un cuerpo y en un alma que forman un ser vivo actual. El alma víctima tiene la misión especialísima de trabajar por un ideal supremo del Corazón de Cristo Jesús: “que todos sean una sola cosa en Mí”. Para ofrecerse víctima el alma a la Divina Justicia para desagravio por el mundo, no se necesita otra cosa sino ser tan pequeña que por su misma pequeñez se pierda en el mar de la confianza. Tanto que confíe, no sólo en el amor misericordioso, sino en éste precisamente confiará porque confía primero en la inmensa santidad de Dios, esto es: en su Justicia santa y divina. Y por esa confianza se le entrega y se le ofrece para que haga del alma lo que esa Justicia determine, ya que el alma nada puede temer, nada debe temer. No sé decir cómo va trabajando la gracia de Dios en el alma, que la va justificando a sus divinos ojos sin ella darse cuenta cuándo ni dónde estuvo la lucha y la victoria. Es decir, que en el trabajo de la propia santificación, el alma víctima poco tiene que hacer sino dejarse hacer de Dios en todo y ella sólo extenderse en la cruz de su victimado. Al propio tiempo que se santifica, ella va santificando a sus almas. Y no puede nunca ensoberbecerse porque por razón de su misión de desagravio, cuanto gana lo va pagando a la Divina Justicia y ella se halla siempre pobre sin poder disponer de sus propios tesoros, y en esto está precisamente el misterio de su progreso: en que es la Justicia Divina el banco hipotecario, podríamos decir, que maneja sus intereses con crecidos réditos. Siendo esto así, ¿a quién sino a las almas pequeñas e inútiles que nada pueden hacer por sí solas, les conviene alistarse en las filas de víctimas de la Justicia de Dios? Esta doctrina no será comprendida, sino de las almas que se persuaden un día de su nada y en medio de su ardiente deseo de hacer algo y aun muchísimo por la gloria de Dios, concluye por ofrecerse a Él para salvar la dificultad de su impotencia. Esta debe ser la característica de las almas que han de seguir este camino, pues de otro modo será exigüa la confianza y el espíritu. Fue esta íntima persuación de mi impotencia para hacer algo útil qué ofrecer a Dios, lo que me trajo a la conclusión de ofrecerme víctima de la Divina Justicia. Con ser Jesús la Cabeza de las víctimas, comprendí que no había más que hacer que llamarle para que unido conmigo nos ofreciésemos al Eterno Padre. Entonces sentí una confianza tan grande… una seguridad de poder hacer grandes cosas, apropiándome los méritos de mi Jesús, sus títulos de Redentor, su valor infinito en la inmolación y sus derechos divinos en la propiciación de su sacrificio; en fin, me parecía que toda mi miseria se trocaba en aquel momento en la gandeza de mi Jesús, y con la voz muy alta, desde entonces, cuantas veces renuevo mi ofrecimiento, que es diariamente en la Santa Misa, siento tener derecho de pedir gracias celestiales para rescatar las almas y aplicar mis pobres obras y sacrificios en desagravio por ellas. Por tanto, ¿qué puede temer el alma víctima que consume toda su vida por obsequiarla? |
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