| El Reinado de Pio XII a la luz de Fátima |
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| Lunes, 17 de Septiembre de 2007 16:32 |
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Página 1 de 4 Del capítulo X, tomo III de "Toute la Vérité sur Fatima", La hora de la Batalla Decisiva "El demonio está llevando adelante una batalla decisiva contra la Virgen María". Este es el tema esencial de la grave conversación, que es también el del gran Secreto. En él se evoca sucesivamente una triple batalla: hay una batalla por las almas, a quienes Dios quiere salvar por la mediación bondadosa y poderosa de Su Santísima Madre, arrancándolas del dominio de satán, quien trabaja furiosamente por su perdición. Una batalla por la Cristiandad, amenazada más que nunca por el poder de la Revolución con sus muchos rostros: la Masonería anticristiana y el Bolchevismo ateo, tanto como una democracia supuestamente cristiana, pero en realidad liberal y plutocrática, protestante y masónica, y fundamentalmente siempre secularista y secretamente anticatólica, la triple manifestación de una "revolución satánica en su esencia" como la llamó Joseph de Maistre. Finalmente, está la batalla por la Iglesia, la que en su defensa del tesoro de la Fe, está enfrentada con las herejías más pérfidas que alguna vez cruzaron su camino: el Progresismo y el Modernismo, la doble corriente "del gran movimiento de apostasía, organizado en todos los países para el establecimiento de una Iglesia Universal, sin dogmas ni jerarquía, ni reglas para el espíritu, ni freno para las pasiones", (p.510) como dijo San Pío X, al denunciar la utopía de El Sillón. (11) En esta batalla apocalíptica, en esta "lucha decisiva" de los "últimos tiempos del mundo", tan claramente percibida por San Pío X en su primera encíclica, Dios en su misericordia, no ha dejado ni a la Iglesia, ni a la Cristiandad, ni a las almas sin un arma, desprotegidas ante el Adversario desencadenado. Por más de un siglo, desde 1830 precisamente, en las vísperas del triunfo aparente de la Revolución, El nos ha enviado muchas veces a Su Madre. A principios de este siglo, en 1917, en el mismo momento en que la Revolución Bolchevique estaba transformando a la Rusia cismática la "Santa Rusia" de antaño, infortunadamente separada de Roma, pero esclavizada por las ideologías perversas del Occidente en el campo fortificado desde el que la Revolución iría conquistando el mundo, en el otro extremo de Europa, la Reina de los Cielos vino a Portugal, a esta tierra fiel al Catolicismo y a Roma. Ella vino a librarla de la revolución masónica, antinacional, que se había hecho presa de ella, y para ofrecer a toda la humanidad la promesa de auxilio milagroso, la seguridad de ayuda extraordinaria, capaz de transformar esta ofensiva final de las fuerzas del mal en un triunfo de la Fe Católica. Hubo una sola condición: que los Pastores de la Iglesia, atentos a todos Sus pedidos, se dignaran cumplirlos sin demora, para establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Esta santa devoción es tan querida al Corazón de Dios, que Él quiso hacer de ella, en nuestro siglo, el último recurso ante (p.511) los gravísimos peligros, el remedio supremo para curar todos los males de la humanidad, asolada por más de un siglo de revolución y rebelión contra el reinado de Cristo. Hemos visto como el Papa Pío XI, designado por su nombre en la gran profecía de Nuestra Señora, se mantuvo sordo hasta el fin a este llamado. La solemne advertencia de agosto de 1931 lo involucró el primero y antes que a nadie: El pontificado de Pío XII comenzó entre la angustia de la guerra inminente, y también de una viva esperanza. ¿No pudo el Santo Padre, tan profundamente devoto de Nuestra Señora, tan claramente predestinado a convertirse en el "Papa de Fátima" ‑no solo por la coincidencia conmovedora de su consagración episcopal el 13 de mayo de 1917 con la primera aparición de Nuestra Señora en la Cova da Iria corresponder filialmente a los pedidos del Cielo, y obtener así los milagros de gracia y misericordia que procurarían la paz para el mundo a través de la conversión de Rusia? Pío XII estaba justamente espantado ante el pensamiento de los horrores de la guerra por venir. La paz había sido su primera preocupación, su primer tormento: <<¡Un río de paz sobre el mundo! Tal es el deseo que Nos hemos abrigado largamente en nuestra alma, (p.512) por el cual Nos hemos orado con el mayor fervor, y al cual nos hemos dedicado desde el día que quiso la Divina Bondad encomendar a nuestra humilde persona el alto e impresionante oficio de Padre Común de los pueblos, un oficio propio del Vicario de Aquel a Quien las naciones fueron prometidas como herencia.>> (14)
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