| El Siglo del Existencialismo |
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| Miércoles, 02 de Enero de 2008 17:04 |
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Página 1 de 2 Tomado de Los Signos del Anticristo de Ricardo de la Cierva. En nuestro seguimiento de los vacíos de Cristo que van marcando la línea directriz de estas reflexiones, vamos alternando las consideraciones sobre el pensamiento de diversas épocas con las reflexiones de tipo político o de tipo cultural. Hemos hablado ya con alguna extensión del marxismo y del Idealismo que con referencia a la idea de Dios nos han parecido manifestaciones modernas de la gnosis recurrente. Ahora debemos cerrar este capítulo con unos párrafos sobre el existencialismo, que seguramente pasará a los manuales como la única teoría filosófica característica del siglo XX y cuyas consecuencias todavía permanecen muy visibles cuando el mundo está a punto de entrar en el siglo XXI. Un siglo XX de tan enorme complejidad que ha presenciado el triunfo universal de la democracia, pero también las peores hecatombes de que ha sido víctima la Humanidad bajo dos guerras mundiales, cientos de guerras «menores», la bomba atómica contra dos grandes ciudades, el imperio del terror comunista, el Holocausto de los judíos europeos y la general desorientación en medio de falsos Mesías y doctrinas contradictorias han provocado, como no podía ser menos, la plaga universal de la angustia. Fuera de la religión los hombres y mujeres del siglo XX ya no podían acudir, como tabla de salvación, a las grandes corrientes del pensamiento humano que se habían generado durante los siglos anteriores y que ahora figuraban entre los factores y los elementos de la angustia, porque se habían convertido en una gran frustración: las Ilustraciones, el Idealismo, el marxismo, el fascismo, el liberalismo disperso en mil matices, el positivismo helado, el nihilismo a que se llegaba, tras la Muerte de Dios y el fracaso absoluto de un Cristo absurdo, de la mano de Nietzsche. Quizá por ello una intensa y variada línea del pensamiento occidental generó, entre las dos guerras mundiales del siglo XX una corriente filosófica que era además una actitud vital y se denominó existencialismo. Que contaba con un precedente en el siglo XIX: el filósofo cristiano danés Sóren Kierkegaard, que utilizó la angustia para apoyarse en ella, pero que estaba completamente olvidado al alumbrar el siglo XX, fuera de la intuición de Miguel de Unamuno. Martín Heidegger, creador del existencialismo, nació en 1889 e ingresó, por breve tiempo, en la Compañía de Jesús. Después de sumergirse en el pensamiento y la filosofía católica, estudió a fondo lo mejor del pensamiento moderno (no parece que se introdujese en la Nueva Ciencia que estaba cambiando el futuro del mundo) y publicó en 1927 su obra maestra, Sein undZeit: Ser y tiempo. La clave de su pensamiento es el Dasein (estar ahí) que es el hombre, cuya esencia es la existencia; de ahí el nombre de existencialismo con que se conoce su filosofía. El tiempo es el horizonte trascendental de la pregunta sobre el ser. El Dasein es un existente, cuyo modo de ser fundamental es el Sorge (cuidado, preocupación). El Dasein es estar en el mundo; estar caído. Hay posibilidad de levantarse por la Angustia, en la que el Dasein se comprende en su nada ontológica. El Dasein no es objeto del mundo (realismo) ni el mundo en un sujeto (idealismo). La Angustia revela al Dasein que flota en la nada. ¿Por qué hay ser y no más bien nada? Es la pregunta fundamental de la metafísica. El Dasein como preocupación permite entender su temporalidad. Heidegger no tiende puentes entre el pensamiento filosófico y la fe. La fe es incondicionalidad, el pensamiento es problemático. La fe no puede pedir a la filosofía unas respuestas que conoce por la Revelación. Así se comprende la intensa dimensión gnóstica en el pensamiento de Heidegger. Por su fecha de publicación, el tiempo de Sein und Zeit es un tiempo new-toniano en cuanto al mundo; un tiempo augustiniano en cuanto a la experiencia existencial íntima. No es el tiempo de la Nueva Ciencia, indeterminado, reversible, perdido en la magnitud temporal de la Nueva Física que Heidegger no conoce o al menos no expone. Por otra parte, el Dios de Heidegger, al que seguramente siguió adherido por la fe, tiene cerrados los caminos en el bosque Sein. Heidegger da la impresión de que su concepto de Dios es inmanente, distinto del mundo, propio de su dimensión gnóstica. Para oponerse a Nietzsche, Martín Heidegger pretende fundar en la intimidad existen, la experiencia de Dios en los primeros cristianos; y cree que la adopción de línea metafísica pervirtió, a través del platonismo de San Agustín, la vitalidad de esa experiencia primitiva. Creo que con ello el gran filósofo confunde lamentablemente los planos. Heidegger, sobrecogido por el fracaso de la democracia después de la Primera Guerra Mundial, se adhirió al nacional-socialismo en 1933, como por entonces hacía nada menos que uno de los grandes nombres de la escuela de Frankfurt, Theodor W. Adorno. Pero consta que en 1935 Hediegger se desencantó por completo del nazismo y se refugió en la soledad. El resto de su vida lo vivió en la Angustia a la que había convertido en centro de su reflexión existencial. El existencialismo condujo a Heidegger al gnosticismo y le apartó de la consideración racional de Dios, pero despeñó a su discípulo francés Jean-Paul Sartre en los abismos del absurdo. Como Heidegger, atravesó por una breve época de colaboración hitleriana, las furias de la izquierda se siguen abatiendo contra Heidegger, pero Sartre, creador de un existencialismo mucho más ligero, colaboracionista durante la ocupación nazi y luego ardiente portavoz intelectual del comunismo grosero, gozó del reconocimiento más entusiasta que se mantiene hoy. Fueron decisivas sus experiencias de infancia; el descubrimiento angustioso de su fealdad, que él creía belleza; el amor infinito de su madre y el odio aberrante e injustiñado a su padre. Sedujo tan intensamente a su companera de toda la vida, la feminista Simone de Beauvoir, que le impuso como obligación principal el suministro de jovencitas y jovencitos entre los alumnos de los dos, que luego se llevaban a la cama redonda con técnicas cuya descripción resulta más que repulsiva. Pero la feminista gozaba con su condición de esclava y celestina del gran pensador.
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