| La Confesión de los Niños |
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| Domingo, 23 de Noviembre de 2008 13:55 |
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P. Guillaume D'Orsanne Un poco de teoría: El 4o Concilio de Letrán, en 1215, ha decretado el célebre documento: "Todos los fieles deben confesar sus pecados al menos una vez al año, a partir de que tengan uso de razón". Se debe confesar desde que se tiene uso de razón. Pero Ud. no puede decir a su hijo: "Mira, cuando tengas uso de razón, tendrás que confesarte". Es, entonces, a Ustedes, padres de familia, a quienes corresponde una obligación específica: la de hacer que sus hijos se confiesen apenas tengan la edad para hacerlo. ¿Qué es "edad de razón"? Se puede dar la siguiente definición práctica: la edad de razón es la época de la vida en donde empezamos a distinguir el bien del mal. Pero ese discernimiento no llega súbitamente, al contrario, es un poco como una persona dormida que le cuesta salir de la cama, abre un ojo, lo cierra, emite algunas palabras, vuelve a dormir, y por fin se levanta. Pasa lo mismo para el despertar de la razón de un niño: a través de una multitud de pequeñas observaciones, ustedes podrán concluir que la razón viene, y finalmente que se ha adquirido. Se dice comúnmente la edad de 7 años, pero es claro que eso es mucho menos preciso en la realidad, y muchas veces más temprano. No espere que su hijo sea completamente razonable, sino que aproveche los momentos de razón para enviarlo a confesar. Según esa regla algunos podrán hacerlo a los 5 años, otros esperaran a los 7 u 8 años. En caso de duda, el mejor juez es el sacerdote mismo. Sentido del pecado El papel de la mamá es primordial, lo sabemos, en la educación espiritual. No hay duda de que el papá tiene también su papel, pero está claro que es frecuentemente la mamá la que educa los santos, en la medida de su propia santidad. Por consiguiente, una mamá que se confiesa bien ella misma sabrá inculcar el sentido del pecado a sus hijos. ¡El pecado! Acordémonos de la palabra de Blanca de Castilla a su hijo: "Preferiría verte muerto a mis pies que culpable de! un solo pecado mortal". ¿Ustedes podrían decir esto con toda sinceridad, queridos papás? : En la oración de la noche en familia, los niños aprenden a; hacer su examen de conciencia, y a pedir perdón inmediatamente a Nuestro Señor: todo eso debe ser fácil, simple, preparándolo eficazmente a la recepción del sacramente de penitencia. Sin esperar la noche, y sin obsesión tampoco, muestren que eso está bien, que eso está mal, que el Buen Dios ve todo, que Jesús murió en la Cruz para reparar ese pecado, que hay que hacer sacrificios para no dejarlo sufrir sólo, etc. Algunos adultos se confiesan muy mal, porque no han comprendido nunca lo que es una ofensa hacia Dios; entonces se acusan de errores, o cuentan su vida, pero no tienen el sentido del pecado. Es, entonces, a edad muy temprana que hay que enseñarles eso a los niños, y ellos lo comprenden muy bien. He aquí entonces a un niño a la edad de razón, y deseoso de confesarse: ¿Lo lanzarán ustedes al confesionario de un golpe? ¡NO! Hay que prepararlo. ¡Espíritu sobrenatural y sentido común! La mamá lo debe tomar a parte, pero no demasiado tiempo antes. Le debe recordar lo que es la confesión, ayudándolo a hacer su examen de conciencia, y, de ser necesario, con un papelito. Muchos niños tienen una conciencia fina y resisten a esa intromisión: no hay que forzar, digan simplemente: "A mi no hace falta que digas todo, pero al padre, hay que decir todo. El padre es como Jesús". Sin embargo, lo esencial no está ahí, insistan más sobre la contrición profunda que sobre una lista exhaustiva, que sería imposible. Puede ser prudente advertir de antemano al sacerdote que se trata de una primera confesión. Pero no más que eso: así no que hay que mezclar las cosas preguntando cosas indiscretas como: "¿Has dicho bien tal pecado? ¿Qué te ha dicho el padre? ¿Te ha dicho eso? Y yo que le dije..." Igualmente no pregunten al padre si "fue todo bien". ¿Qué quieren que les conteste? Él que está obligado al secreto más estricto, aún con las almas de los niños. Papas indiscretos podrían dar a pensar que el secreto de la confesión no es tan absoluto, que puede haber algún consabido entre el padre y ellos: sería muy malo. El papelito es como una muleta, de la cual uno debe aprender a prescindir. De hecho, la mamá ha escrito los pecados que ella ha visto, pero ¿ha visto todo? El niño se confiesa con palabras de adultos, pero ¿comprende bien lo que dice? ¿hace la relación concreta entre sus pecados y la lectura de su listita? Además es la primera vez que le hacen hablar con un papel. Hay que admitir: es algo artificial. Enséñenle pues rápidamente a acusarse de la manera más natural para un niño, que es oralmente y de memoria. Las preguntas del padre serán la tabla de salvación para los más tímidos. Acción de gracias. Después de la confesión, muchos niños se olvidan de hacer su penitencia y no hacen ninguna acción de gracias. Ahí también incumbe a ustedes, papas, el estar presentes y ser vigilantes, al menos al principio: ayuden discretamente esta almita pura a agradecer al Buen Dios por tan gran beneficio. Es, dígase de paso, en el recogimiento del pequeño penitente donde podemos muchas veces medir el espíritu de fe.. .de los papas. La mayoría de los niños se confiesan únicamente porque los mandan, y nunca volverían por ellos mismos: hay que enviarlos entonces. Confesarse de manera demasiado frecuente es arriesgarse a la rutina y a la superficialidad; hacerlo muy de vez en cuando es privarse de muchas gracias. Para evitar a estos dos inconvenientes, una confesión por mes parece ser un buen propósito: hace crear un buen hábito y no genera la idea de obligación pesada. Una vez por mes para los niños, una vez por semana para los adolescentes, es una frecuencia que aporta muchas ventajas. No es raro, lamentablemente, de ver jóvenes que abandonan la práctica regular de los sacramentos en el momento en que más los necesitan. ¿Qué pasó? Una de las razones es la falta de estima de la confesión. En lugar de considerar el Buen Pastor que los espera con amor, esos pobres niños no ven más que una formalidad fría, cada vez más fastidiosa, la cual hay que cumplir únicamente para agradar a mamá o al sacerdote. Por eso hagan todo lo que puedan para que ese sacramento tan importante en la vida sea amable y deseable, en sí mismo y en todas circunstancias. No olvidemos nunca que nada puede remplazar el motor por excelencia de toda educación: el ejemplo de los papas. |
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