| La Primera Biblia Latinoamericana |
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| Jueves, 30 de Julio de 2009 12:13 |
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Página 1 de 2 Andrés González Schaín El Libro de los libros, el más leído, estudiado y cuestionado, el más venerado por contener la misma Palabra de Dios, así como el más difundido en sus 1900 años de vida -aunque comenzó a escribirse hace más de tres milenios-, recién acaba de cumplir su 80 aniversario en la historia de nuestra América cristiana. Es cierto que existía mucho antes, desde el mismo comienzo de la Conquista, y que se difundió considerablemente desde entonces. Pero publicada completa como Biblia traducida directamente desde el griego al castellano -como proeza original realizada en nuestro propio continente-, ni siquiera alcanza un siglo. Y dicha primacía pertenece a un poco difundido erudito de origen alemán -radicado en Chile-, el Padre Guillermo Jünemann Beckschäfer (Welwer, Westfalia, 1856 - Tomé, Concepción, 1938). No fue la primera, como se cree usualmente, la que monseñor Juan Straubinger hizo en Argentina, pues en su Nuevo Testamento (Desclée de Brouwer, Buenos Aires, 1948) -muy elogiado sobre todo por sus iluminados y generosos comentarios exegéticos a pie de página-, da el justo reconocimiento al P. Jünemann, «hasta hoy ignorado en el mundo bíblico». El mismo Straubinger anota que aquél, precisamente dos décadas antes, «en el año 1928 publicó en Concepción, en forma harto modesta, como suelen aparecer las grandes obras, una cuidadosa y muy competente versión literal del Nuevo Testamento según los mejores códices: Vaticano, Sinaítico, Alejandrino», en sus mejores ediciones. Otro récord meritorio de Jünemann es que llevó a cabo la traducción completa del Antiguo Testamento -con igual exactitud y por primera vez en el mundo de la lengua castellana-, en base al texto de la muy ilustre y venerable traducción griega llamada De los Setenta (LXX), con breves notas críticas que la comparan con el Texto Masorético hebreo y con la Vulgata latina. Sin embargo, esta primera parte de la Sagrada Escritura, que el presbítero terminó de verter ese mismo año, fue recién publicada en 1992 -en un solo tomo como Biblia completa- por iniciativa del Centro de ex alumnos del Seminario Conciliar de Concepción, presentada por su entonces Arzobispo Antonio Moreno, y cuya edición hoy día es difícil de conseguir. «El problema -observa Monseñor Moreno, reconocido biblista- es que no sabemos exactamente qué ediciones empleó». Aunque hay quienes suponen que alguna edición crítica contemporánea de Rahlfs y alguna de Tischendorf-Nestle para los tres Códices principales, que también contienen a la LXX con leves variaciones. Si ello se lograra determinar, bien podría servir para una edición interlineal palabra por palabra. El también biblista y sacerdote Ignacio Chuecas, aunque prefiere el Antiguo Testamento traducido desde su original hebreo-arameo, considera que el P. Jünemann «fue un visionario, porque la LXX tiene ahora mayor vigencia, entre los estudiosos, que en los tiempos de él». Y la razón de por qué recurrió lleno de devoción a tan magna obra, fue por el valor que le concedieron los mismos escritores inspirados del Nuevo Testamento y los Padres de la Iglesia, que en general citaban y hacían referencia directamente desde ella. Recuérdese que la LXX -de los siglos III a. de C. - I d. de C., fue la primera y más importante traducción del Antiguo Testamento, así como la más leída por la cultura judeo-helenística en los tiempos de Jesucristo y los Apóstoles, y la que ellos mismos utilizaban más autorizadamente. Su afán por la exactitud original Quien lleva el muy honroso título de primer traductor de la Sagrada Escritura en la América Hispana, tuvo el afán por lograr el mayor perfeccionamiento en la exactitud de aquel mensaje original bíblico, a veces a costa de la claridad y del poco amigable estilo de forzar el hipérbaton (la modificación del orden de las palabras en la oración). El P. Jünemann tenía muy arraigada en las venas la precisión tan querida por el genio alemán de sus antepasados, y por eso eligió darse pocas libertades. Así lo interpreta su coterráneo de origen, monseñor Straubinger (cuya admirada Biblia completa fue reeditada el 2007 por la Universidad Católica de La Plata, excepto, por desgracia, su excelente Introducción al Nuevo Testamento, de donde extraemos la siguiente cita): «Su preocupación ha sido entregar el original al pie de la letra, como si escribiese en griego con palabras castellanas, de modo que si la construcción y el estilo, muy rico en léxico, sorprenden naturalmente por su uso poco frecuente, ofrecen, sin embargo, gran interés para los estudiosos que, ignorando el griego, pueden tener casi la impresión de estar leyendo el original». Y así lo explica el mismo Jünemann: «Obra de mi vida entera, puedo llamar a esta versión por su magnitud, sus dificultades, la enorme suma de estudios previos. Con la más rigurosa fidelidad la he hecho, y para probar a la vez la superioridad del castellano sobre todos los idiomas modernos en cuanto a la elasticidad sintética». Su obra de traducción, desde 1920 a 1928, es elogiada por el también traductor Narciso Colman al decir que dio «a luz toda la verdadera Biblia en verdadero español. Porque su lema fue respetar con respeto soberano la Palabra Divina para no alterar en ella una sola "i", y presentar la lengua española en toda la riqueza de su vocabulario y flexibilidad, para que no apareciera plebeya ante la reina de todas las lenguas humanas: la griega». Según Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana, «la traducción del padre Jünemann constituye aún hoy un testimonio bíblico de valor único. Incluso su literalidad extrema puede servir para seguir desde el castellano al texto griego de la LXX o al del Nuevo Testamento». A este respecto, cita al jesuita español Gabriel María Verd, que señala en general: «Las versiones literales transparentan al texto original, y pueden ser sumamente iluminadoras en la lectura privada de una persona de cultura». Y el P. Ignacio Chuecas, hebraísta -que forma parte del equipo de traductores del Centro Bíblico para América Latina (Cebipal), que preside Monseñor Santiago Silva, Obispo auxiliar de Valparaíso-, opina que «el literalismo tiene la ventaja de dar un acceso mucho más real al texto originario en su retórica y arquitectura, como veo en Straubinger en los géneros narrativos de su Antiguo Testamento, y esto no lo logran las actuales teorías de traducción que favorecen el sentido». |
| Última actualización el Miércoles, 01 de Septiembre de 2010 15:42 |
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