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Página 1 de 2 Asumiendo las premisas del darwinismo, en orden a que todas las especies evolucionan por selección natural y los especimenes más aptas sobreviven según su capacidad para adaptarse al medio ambiente y legan a los descendientes los rasgos adaptativos, lo cual conduce al desarrollo gradual de especies biológicas superiores a partir de especies inferiores y más simples, se entiende que el ser humano no es excepción a la norma de la naturaleza. Por tanto, las leyes de la naturaleza rigen de modo absoluto la vida del ser humano y surge así el llamado darwinismo social.
A la época, la analogía entre evolución y civilización en el sentido liberal clásico, como un proceso continuo de mejoramiento, era marcada y obvia. La selección natural podía encararse como un proceso que inevitablemente mejoraba una especie. De hecho, Darwin escribió: “Así, de la guerra de la naturaleza, de la hambruna y la muerte, se sigue directamente el propósito más alto que somos capaces de concebir, a saber, la producción de animales superiores”. Esta era la visión optimista de la selección natural, habitualmente asociada con el darwinismo social, según el cual, en palabras del biólogo decimonónico W. R. Greg, “los mejores especimenes de la raza (humana)... perpetúan la especie y propagan un tipo de humanidad cada vez mejor y más perfecto”. En su tiempo, el poeta lírico Quintus Horatius Flaccus (65 a.C. - 8 d.C.) ya había proclamaba: “Bello, bueno, perfecto”.
En la teoría de Darwin existía una eventualidad negativa que sus contemporáneos captaron de inmediato. La evolución significaba que la historia natural de las especies, incluidos los seres humanos, ya no era fija e inmutable. Aún más, como lo indicaba en 1880, Edwin Lankeste, quién consideraba que la humanidad estaba acostumbrada a creer que necesariamente progresa y está destinada a progresar aún más, debía advertirse que, al estar los hombres están sometidos a las leyes generales de la evolución, éstos tanto pueden progresar como degenerar.
De hecho, a la vista cotidiana estaba lo monstruoso, aquello que sale del curso de la naturaleza, para comprobarlo duramente. Si históricamente lo humano llamado monstruoso siempre estuvo presente, hasta fines del siglo XVIII, los debates teóricos acerca de los monstruos se centraban en los cuerpos cuyas características eran exageradas, raras y excepcionales. A la época, mientras se vinculaba la ceguera y la sordera con una inteligencia inferior, el ilustrado Diderot planteaba que los ciegos pertenecían a la categoría de los monstruos; los niños retrasados eran mezclados con sordomudos y ciegos en instituciones. Sin más, los enanos eran considerados de una especie diferente. A los niños siameses también se les consideraba monstruos y los inválidos eran vinculados de manera inevitable con la anormalidad radical. Para unos la monstruosidad estaba en los gérmenes y se debía pretender penetrar en los deseos divinos insondables; para otros la monstruosidad se debía a accidentes de las leyes de la naturaleza que revelaban la complejidad del mundo. Etienne y Isidore Geoffroy Saint - Hilaire tuvieron que recordar que los monstruos nacidos de seres humanos pertenecían a la humanidad, explicándose que esta circunstancia obedecía a leyes racionales que debían ser buscadas dejando a Dios a un lado.
Por tanto, el siglo XIX está lleno de cuerpos deformes que constantemente se exhibían de manera pública. Si bien la exposición de monstruos humanos era una práctica muy antigua, en este tiempo se relaciona con las salidas que las familias hacían los domingos a contemplar monstruosidades. Se exhiben variedades de deformidades, de modo que en grandes ciudades se fundan museos y organizan ferias y circos itinerantes que exhiben la monstruosidad, transformándolos la práctica popular en negocio. En 1869, Víctor Hugo creó el personaje de Gwynplaine, un niño desfigurado con un rictus permanente y grotesco, que le habían producido traficantes que compraban niños y les practicaban operaciones en cara o cuerpo, según el objetivo perseguido o solicitado, y los revendían en el mercado de monstruos, las ferias. Guy de Maupassant daría cuenta del tráfico de niños que se desfiguraban deliberadamente.
Así, pronto, del cuerpo monstruoso se deriva al cuerpo degenerado. El degenerado reunía todas las taras y éstas siempre se inscribían en el cuerpo. El alcoholismo era el prototipo: se bebe en los medios pobres, se transmite la tara a los hijos y eso provoca degeneraciones. La degeneración también comprendía la criminalidad. El microcéfalo, el idiota, el enano, quien sufría de criptorquidia, el cretino, el epiléptico, el palúdico, el escrofuloso, el tuberculoso, el raquítico, el aquejado de bocio se influía en la “afección” de la degeneración. Sin más, Thomas Huxley, discípulo de Darwin, tras realizar investigaciones pioneras con fósiles de dinosaurios, ratificaría: “Es erróneo imaginar que evolución significa una tendencia constante hacia una mayor perfección... La metamorfosis regresiva es tan viable como la progresiva”.
Aún más, según la evolución darwiniana, el medio ambiente no mejora directamente la raza ni la adaptabilidad de la especie, sino que todo depende de las características innatas de los individuos, los cuales, si sobreviven, legan esos rasgos a sus vástagos. Por otra parte, el mismo medio ambiente puede causar graves daños al interferir en la normal competencia por los recursos y las parejas deseables, o al impedir que los mejores especimenes pasen a primer plano. Esto era particularmente cierto en la sociedad humana, que introducía nuevos elementos artificiales en la ecuación evolutiva. En su posterior “Ascendencia del Hombre” (1871), Darwin mismo temía que el crecimiento de la civilización atentara contra la selección natural.
Aún más, al tampoco ser fija la herencia porque ésta también está sujeta a evolución constante, se da la posibilidad de salvajismo en la civilización. Aún antes de Gregor Mendel, los estudiantes de genética sabían que la reproducción era un complejo proceso de similitud, por el cual los cisnes blancos producen cisnes blancos, pero también de diversidad, por el cual los cisnes blancos a veces producen cisnes negros.
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