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Entonces, si para el darwiniano todos los seres humanos, al margen de su raza o status cultural, descendían de los simios, esto abría la posibilidad de que los rasgos físicos y mentales que habían permitido al hombre adaptarse a un ámbito salvaje, fuera en el pasado remoto (el cazador Neanderthal) o en el presente (el guerrero watusi), pudieran legarse inadvertidamente a descendientes modernos y civilizados. El zoólogo darwiniano, Henry Maudsley, lo explicaba con la observación de que existe “realmente un cerebro bestial dentro del hombre”, lo cual permitía “identificar el salvajismo en la civilización, así como podemos identificar el animalismo en el salvajismo”.
Precisamente, los biólogos del siglo XIX hablarían de “atavismo” para referirse a esta supervivencia bestial, por la palabra latina atavus, antepasado remoto. El atavismo enseñaba que todo organismo tenía ciertas características “perdidas” que podían reaparecer en ciertas condiciones y se legarían a los descendientes. La teoría atavista existía antes de Darwin, pero su teoría de la evolución parecía confirmarla, al igual que la genética mendeliana posteriormente.
En definitiva, el atavismo seria la piedra fundamental de la teoría de la degeneración. Conforme a esto, el atavismo presentaba la aterradora posibilidad de que una saludable familia de clase media de pronto engendrara un bruto retrógrado. Si bien la mayoría de los teóricos convenían en que esta clase de atavismo era poco frecuente, surgía la pregunta, ¿Qué sucedería si de repente ciertas condiciones específicas hacían aflorar esas características perdidas en toda la especie, que luego las legaría a sus descendientes? De darse tal posibilidad, el proceso de la herencia podía obrar súbita e inexplicablemente contra los intereses de la especie. La selección natural se convertiría en una trampa. Lo peor reproduciría indiscriminadamente más de lo peor en una disolución atávica de la raza humana. En definitiva, tal acontecer podía generar un proceso de degeneración de la raza humana y caída radical de la civilización humana. En consecuencia, el estudio de la evolución no sólo podía rastrear el ascenso de las especies a través del tiempo sino, como lección fundamental, en el caso de los antiguos imperios y civilizaciones, su declinación y caída.
Así entonces, para el observador experto, los avances económicos y sociales del siglo XIX parecían conspirar contra el progreso humano en vez de favorecerlo. La teoría de la degeneración presentaba una imagen pesimista de la civilización moderna. A fines de siglo, la teoría de la degeneración había sacudido profundamente la confianza del liberalismo europeo en el futuro, dejándolo expuesto a sus enemigos. La degeneración se definía como el desvío morboso respecto de un tipo original. Se sostenía que “cuando un organismo se debilita bajo toda suerte de influencias nocivas, sus sucesores no semejan el tipo saludable y normal... sino que forman una nueva subespecie”, que con creciente frecuencia lega sus peculiaridades a su prole. Los médicos, biólogos, zoólogos y antropólogos (miembros eminentes de las nuevas profesiones científicas) fueron los primeros en advertir que en condiciones adecuadas el debilitamiento afectaría al hombre moderno.
En 1890 cundía la opinión de que una marea de degeneración barría el paisaje de la Europa industrial, creando a su paso una multitud de trastornos que incluían el incremento de la pobreza, el delito, el alcoholismo, la perversión moral y la violencia política. Con pocas excepciones, los científicos más preocupados por la degeneración tenían opiniones políticas progresistas e incluso ideas socialistas. La oposición a la teoría de que la herencia determinaba la conducta social no provenía de la izquierda sino de la Iglesia Católica y las fuerzas tradicionalistas.
La degeneración planteaba la posibilidad de que la sociedad industrial moderna estuviera creando un nuevo “bárbaro interior”. Los liberales llegaron a la misma conclusión que los socialistas: las transformaciones sociales y económicas normales en la civilización moderna ya no constituían progreso, sino lo contrario. Por tanto, la sociedad contemporánea no podía sobrevivir sin la intervención de la ciencia moderna y el Estado burocrático. En definitiva, el darwinismo y la teoría de la degeneración dieron por tierra con toda noción de que la civilización pudiera servir como un proceso de refinamiento y mejoramiento de la especie.
De hecho, hacia 1900 influyentes sectores de la comunidad intelectual habían perdido la fe en la capacidad autorrenovadora de la civilización occidental. El tejido social moderno ya no parecía brindar ninguna protección para la especie humana. Por el contrario, se temía que el complejo funcionamiento de la civilización desencadenara un repentino retroceso, un descenso en un caos más terrible que el “salvajismo” precivilizado. Aún para el darwiniano más confiado, el pasado evolutivo del hombre constituía un lastre hereditario ya que aquejaba a la humanidad con una multitud de rasgos salvajes e irracionales que la ciencia debía desbrozar mediante la eugenesia o algún otro medio para que la raza humana sobreviviera.
Las condiciones sociales reinantes en el siglo XVIII no fueron tan malas, al punto de disminuir la tasa de mortalidad, incorporar a la dieta el consumo de azúcar, chocolate, café y el té, mejorando incluso las condiciones de higiene. No obstante, la sociedad del siglo XVIII conoció la violencia y la brutalidad, resabios del Renacimiento. A pesar de la severidad de las leyes penales, los crímenes alevosos eran comunes. En las ciudades populosas, bandas de individuos recorrían las calles haciendo de las suyas, mientras que los salteadores de caminos infestaban los alrededores. Subsistiendo el juego, deportes groseros y el duelo, de hecho aumentó el consumo de alcohol y la embriaguez se apoderaba de las clases pobres. No serían éstas realidades ausentes en el siglo XIX. Por el contrario, se harían aún más complejas y se proyectarían al siglo XX. Era la impronta de los “degenerados”, esto es, la marca y huella propia de los “de - gen - errado”.
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