| El Diálogo Cristiano-Masónico en el siglo XX |
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| Viernes, 04 de Enero de 2008 15:33 |
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Página 1 de 5 La Condena Sigue Vigente. Sabemos que la relación entre Iglesia católica y MasonerÃa en los siglos XVII y XIX habÃa sido de hostilidad y confrontación, sin excepciones conocidas. La CompañÃa de Jesús, en este sector como en tantos otros, era la vanguardia de la Iglesia católica en un combate que parecÃa perenne y a muerte. Más o menos las cosas se mantuvieron de forma parecida durante las primeras décadas del siglo XX. Pero desde los años treinta y sobre todo cuarenta cambian las formas y se inicia, en forma de diálogo, una aproximación entre sectores de la Iglesia y sectores de la MasonerÃa. Los eclesiásticos dialogantes con la hasta entonces conocida como secta masónica pertenecÃan también, quién lo dijera, a la CompañÃa de Jesús, sin que la orden haya dado la más mÃnima explicación sobre tan sorprendente reconversión de frente. En 1938 y en Francia tuvo lugar el histórico encuentro amistoso entre el jesuita Berthelot y el tratadista masónico Lantoine (Ferrer, op. cit., p. 234), tras del cual el dignatario masónico escribió un libro titulado Cesad el fuego. Sin embargo las aproximaciones más resonantes, y para muchos católicos más escandalosas, se retrasaron algo más; en Francia, gracias a las conferencias del famoso predicador de Nótre Dame de ParÃs, el jesuita padre Riquet, durante los años sesenta; en España se encargó de dirigir y dirÃamos que orquestar el nuevo diálogo cristiano-masónico otro jesuita, nuestro ya conocido José Antonio Ferrer Benimeli, a partir de la publicación de su brillante tesis doctoral sobre Iglesia y MasonerÃa durante el siglo XVIII, en cuatro tomos cuidadosamente editados por la Fundación Universitaria Española, de don Pedro Sainz RodrÃguez, (4.e tomo en 1977, cuando acababa de morir Franco y la MasonerÃa española, autorizada por el Rey don Juan Carlos, alzaba columnas). Conviene señalar cronológicamente los documentos y acontecimientos que, antes y después del Concilio, integran la complicada relación entre la Iglesia y la MasonerÃa. 1. 20 de abril de 1949. Declaración del Santo Oficio por la que «se confirman las normas del Código de Derecho Canónico (de 1917) contra la secta masónica y sus fautores» (Z. Suchecki, p. 88). 2. 13 de marzo de 1958. Nota oficial de la Conferencia Episcopal Italiana sobre las próximas elecciones (Z. Suchecki, p. 89). Los obispos rechazan abiertamente a los partidos que propongan soluciones tomadas de la doctrina marxista. La primera condición que los católicos deben exigir a los candidatos es «que no pertenezcan a la secta masónica. Deben estar seguros de que los candidatos no muestren la menor simpatÃa o vÃnculo con partidos y movimientos anticristianos». 3. 1968-1970 Reuniones de diálogo y declaración de Lichtenau (Z. Suchecki, p. 48 s.). El 21 de marzo de 1968, un alto dirigente masónico mantuvo un encuentro informal en Viena con el cardenal F. Konig, tras el que se constituyó una comisión mixta entre doctrinarios masones y teólogos católicos que tras varias reuniones, elaboró en Lichtenau (Austria) una declaración informativa que no fue oficialmente aprobada por el cardenal ni por las supremas autoridades de la Iglesia católica a quienes se dirigió: el Papa y el cardenal Seper, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La declaración reconoce los enfrentamientos del pasado entre la MasonerÃa y la Iglesia, en medio de un análisis histórico deficiente. Es, sin embargo necesario, dice, que ahora la Iglesia y la MasonerÃa luchen conjuntamente a favor de objetivos como la dignidad humana. La Iglesia podrá descubrir asà la verdad que late en la ideologÃa masónica. Las prohibiciones de la Iglesia de que los católicos ingresen en la MasonerÃa deben abolirse y quedar sólo como documentos históricos. Estas conclusiones cayeron rápidamente en el olvido. Reflejan prácticamente la opinión de los interlocutores masónicos, envalentonados sin duda con la flojera dialéctica de los católicos participantes en el diálogo. 4. Abril-mayo de 1973. Normas canónicas firmadas por el cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (como se denominó a la del Santo Oficio después del Concilio), monseñor Francisco Seper, como respuesta a una consulta episcopal. Le dice que «hasta ahora nada ha cambiado en la legislación que concierne a los católicos que dan su nombre a la MasonerÃa» (Z. Suchecki, p. 91). LAS APRESURADAS DECLARACIONES DEL CARDENAL SEPER La terrible presión ejercida desde medios masónicos sobre la Iglesia a partir de 1938, como estamos viendo, a favor de una «reconciliación» sui generis, en la que la Iglesia cediese en todo y la MasonerÃa en nada, empezaba a abrir brecha en los hasta entonces impenetrables muros del Vaticano, poco antes de que el agudo periodista Mino Pecorelli difundiese, como hemos visto, y en fecha posterior (el año 1978) una copiosa lista de los miembros de la JerarquÃa católica y de la Curia romana que pertenecÃan a la secta de los Hijos de la Viuda, es decir, reconociera con nombres y apellidos nada o mal desmentidos una poderosa infiltración masónica en el seno de la Iglesia católica, lo cual por cierto no era nada raro desde el mismo siglo fundacional de la Nueva MasonerÃa, el siglo XVIII. El cardenal Seper, preparado ya el terreno en esos sondeos de monseñor Miaño -sigue informando el padre Ferrer-, publicó un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «fechado el 19 de julio de 1974, en el que por primera vez desde la excomunión de 1738 (Clemente XII) admitÃa públicamente la existencia de MasonerÃas exentas de contenido contrario a la Iglesia y por tanto sobre las que su pertenencia (sic) no llevaba consigo la pena de excomunión. Dicho de otro modo, se reconocÃa que la excomunión lanzada hacÃa dos siglos -y renovada de forma reiterativa durante el perÃodo que llevó a la unificación italiana con la pérdida de los Estados Pontificios- tenÃa su explicación en un contexto de problemas polÃticos y de luchas religiosas» (IbÃd.). Ferrer nos aclara que ese viraje del cardenal Seper figuraba en una carta dirigida a los presidentes de varias conferencias episcopales interesadas y fue renovado en una carta posterior a la Conferencia Episcopal Brasileña. Ferrer, con ánimo triunfalista, apostilla que una gran parte de las Conferencias episcopales interesadas en el problema proclamaron la compatibilidad de Iglesia y MasonerÃa basándose en las cartas del cardenal prefecto, con la única condición de que las logias a las que determinados católicos dieran su nombre no «maquinaran» contra la Iglesia católica, lo cual, naturalmente era el caso de la mayorÃa de ellas. Asunto zanjado, pues.
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