Formación Católica Mundialismo El Feminismo, Muerte de las Naciones
El Feminismo, Muerte de las Naciones Imprimir E-mail
Domingo, 23 de Noviembre de 2008 13:39

Tomado de la Revista SI SI NO NO

Estimada redacción:

En el n° 176, de Marzo del 2007 (ed. española), pág. 7-8 de su preciado periódico, publicaron una carta relativa al, por desgracia, actualísimo tema de la decadencia de Occidente. Se titulaba: ¿Es peor nuestra decadencia actual que la del Bajo Imperio? Con su permiso, querría presentarles, para que las examinaran, algunas consideraciones tomadas de una entrevista a S. Exc. Monseñor Richard Williamson, de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, que se publicó en The Ángelus (octubre del 2006) y luego en The Catholic, enero-marzo del 2007, pp. 12-15. La emancipación femenina, motor de la decadencia actual Una primera consideración concierne al papel decisivo que, en el ocaso actual, ha jugado y sigue jugando la denominada emancipación de la mujer. Monseñor Williamson llega a ella por un camino original, pues parte de la religiosidad presente en la música de Wagner, que podía así «ofrecer una dimensión religiosa sin la fe, o sea, un sucedáneo de redención», cuyo instrumento era, en el fondo, «la mujer, sobre todo en El Holandés Errante y en el ciclo de El Anillo del Nibelungo».

En efecto, las protagonistas de ciertos dramas wagnerianos llevaban a cabo una acción "redentora" respecto del hombre. Pero esta acción redentora cesó con la emancipación (aunque no sobre la escena) y se trocó en su contrario. Mas ¿por qué la mujer podía aún ser vista como "redentora" en el siglo XIX? «Porque -explica Su Excelencia según San Pablo [1 Cor 2], así como Cristo es cabeza del hombre, así y por igual manera el hombre es cabeza de la mujer. Ahora bien, se puede afirmar que, desde la época de la Revolución Francesa, el hombre moderno renegó, en general, del señorío de Cristo. Sin embargo, a fin de mantener las cosas, la mujer permaneció bajo la autoridad del hombre durante cierto tiempo. Así "salvó " la mujer la situación por un siglo más o menos, durante el tiempo en el que Wagner escribía sus obras. Pero en el siglo XX dijo que ya estaba harta, y comenzó su "emancipación ". ¡Desde entonces, los fundamentos de la sociedad y de la moral comenzaron a arruinarse sin cesar!».

Durante la Revolución Francesa, anoto por mi parte, el feminismo ya intentó alzar la cabeza, pero Robespierre hizo guillotinar en seguida a su principal representante; el movimiento fue abortado así, y tampoco halló espacio para desarrollarse con la "restauración" napoleónica, aunque el Código de Napoleón el Grande introdujo el divorcio, por desdicha, que constituyó, en una sociedad católica, el primer paso hacia la mencionada "emancipación". Me parece de gran interés que S. Exc. considere a las heroínas wagnerianas como a las últimas representantes, ya harto laicizadas a despecho del ropaje mítico nibelúngico, de un ideal femenino que encontró tal vez su más alta encarnación en el personaje de la Beatríz dantesca. Pero ya se echa de ver la mengua del ideal en las desenvueltas y masculinizadas heroínas de Ariosto. No por nada el poeta reivindica la igualdad de los sexos en su obra Orlando furioso, junto con la consiguiente libertad en punto a comportamiento sentimental, a la cual, según él, tan acreedoras son las mujeres cuanto los hombres.

El vicioso igualitarismo de las feministas

Siempre me he preguntado por qué, cada vez que las mujeres reivindican la igualdad, nunca dejan de exigir al mismo tiempo una libertad sexual absoluta, como si el tipo masculino al cual, según parece, deben equipararse las féminas no pueda ser más que el del libertino, o sea, el del hombre de costumbres disolutas. El hecho es que, en el pasado, se consideraba ya a la mujer, en cuanto prometida, esposa y madre de familia (en suma, en cuanto honrada y virtuosa), se consideraba ya a la mujer, decíamos, igual al hombre en el plano moral y espiritual, si es que no se la reputaba por francamente superior a éste a causa de la capacidad de entrega, aguante, sacrificio y fuerza de ánimo de que hacía gala a menudo. La reivindicación feminista de la igualdad esconde, en realidad, el deseo de poder desahogar libremente los peores instintos de lo que antaño se estigmatizaba como hedonismo burgués. Dicho deseo sólo puede satisfacerse, piensan las feministas, a condición de gozar de independencia económica, una independencia que sólo la igualdad puede garantizar al ser impuesta por la ley en la familia y el trabajo. Pero las legislaciones occidentales no se han contentado con imponer la igualdad de marras, sino que han dado cabida también a las pretensiones más inmorales de las feministas, desde la legalización del uso de la "píldora" al horrendo "matrimonio homosexual" de que tanto se habla hoy, pasando por la facultad de la mujer para abortar ad líbitum a gusto, a voluntad.

La culpa de la disminución actual de los nacimientos recae principalmente sobre las mujeres

Nadie había tenido hasta ahora el coraje de poner de relieve, ni siquiera en el campo católico, el papel decisivo que desempeña la corrupción de costumbres de las mujeres. Me alegro, pues, de la intervención de Monseñor Williamson. La letalidad pasada y presente de dicho papel la demuestra un hecho incontrovertible. Los demógrafos nos dicen que, si continúa la tasa actual de disminución de la natalidad, Europa casi habrá desaparecido hacia mediados del presente siglo (y puede que incluso antes). Los alemanes, p. ej., se verían reducidos a ser unos veinte millones (de 80 millones que son ahora). Reducidos a vegetar, agrego por mi parte, en condición servil o semi-servil entre millones de inmigrantes (casi todos musulmanes), que se habrían vuelto mayoría en el Ínterin. También para Italia la perspectiva es la de la extinción. Ahora bien, un decrecimento tan grande de la natalidad no puede imputarse sólo a las mujeres: también los varones ceden en su gran mayoría al hedonismo dominante; mas, así y todo, la culpa principal de esta monstruosa disminución de la natalidad debe atribuirse a las mujeres, dado que ellas, secuaces ciegas del feminismo, hace tiempo que dejaron de considerar el matrimonio, la familia y los hijos como valores fundamentales de su existencia. Incluso los desprecian abiertamente.



 

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