| Gnósticos y Anticristos del Pensamiento Occidental |
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| Lunes, 04 de Febrero de 2008 05:07 |
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Página 1 de 5 El Hombre que quiso ser Anticristo Los grandes nombres del idealismo alemán en el siglo XVIII -entre Kant y Hegel y muy especialmente ellos dos- más la corriente muy poderosa del positivismo y la que parecÃa arrasarlo todo en el siglo XX, el existencialismo, ofrecen indudables y constitutivos caracteres gnósticos, como vamos a resumir, pero no quisiera arriesgarme a calificarles como anticristos porque los dos grandes nombres citados, asà como otros pertenecientes a los siglos XIX y XX, fueron cristianos, aceptaron personalmente la religión y jamás albergaron la más mÃnima conciencia de estar proponiendo al mundo una posición de enemistad hacia Cristo. Entre los enciclopedistas franceses de la Primera Ilustración y estos grandes pensadores del idealismo alemán en la Segunda corre todo un abismo; a aquellos se les entendÃa todo, éstos pueden resultar virtualmente ininteligibles, pero nunca se presentan como anticristianos y mucho menos como enemigos de Dios y del Hijo de Dios. Immanuel Kant vivió la mayor parte de su vida en el siglo XVII, pero su gran influencia se vertió sobre la filosofÃa europea sobre todo en el XIX. Es el gran animador filosófico de la Segunda Ilustración, como Goethe lo fue, paralelamente, en el campo cultural. Kant tiene muy en cuenta -incluso como punto de partida- los postulados y métodos de la Ciencia Moderna, que forman la base de su pensamiento filosófico. Su CrÃtica de la Razón Pura es una teorÃa del conocimiento; como la realidad de Dios queda envuelta en las espesas nieblas incognoscibles de la gnosis, su espÃritu cristiano le impone la realidad de Dios, asà como la del alma y el mundo, a través de la segunda de sus grandes obras, la CrÃtica de la Razón práctica, donde esas tres grandes ideas se alcanzan no por motivos metafÃsicos, sino morales. Algo semejante, pero con una caÃda más intensa aún en el gnosticismo, cabrÃa decir del pensador que lleva al idealismo alemán hasta la apoteosis: Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, 1770-BerlÃn, 1831), uno de los autores más citados y menos leÃdos de nuestro tiempo. Para Jürgen Habermas, el epÃgono de la Escuela de Frankfurt que creó con sus colegas antinazis la trama ideológica de la Internacional Socialista en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, Hegel «abrió el discurso de la Modernidad» por más que la Modernidad bebió de fuentes originarias muy anteriores, hasta el Humanismo del siglo XV por lo menos. Burgués, protestante y profundamente cristiano, adorador de Napoleón Bonaparte, luego transfirió esa adoración al Gran Estado de Prusia, que le dio una cátedra en BerlÃn que irradió sobre Alemania y Europa. Se extasÃa ante el Absoluto y la Razón, que es una gran potencia dinámica en perpetua evolución y movimiento. Supera la ruptura de la Primera Ilustración con la religión. Diviniza al Estado como realización de la religión en el mundo; con ello abre una peligrosa vÃa al totalitarismo, tanto de derechas (el fascismo) como de izquierdas (el marxismo). El EspÃritu Absoluto se despliega en la contemplación de sà mismo como religión. Pero Augusto del Noce tiene toda la razón al considerar a Hegel como «arquitecto de la gnosis moderna» por su aceptación del dogma kantiano del Dios incongnoscible y la reducción del cristianismo -al que dedica Hegel grandes elogios- a un sistema de valores. Pero en todo caso tampoco Hegel es un enemigo de Cristo, sino un cristiano que busca una interpretación racional de la religión. Cuando Marx, discÃpulo de Hegel, sustituya al EspÃritu Absoluto por la Materia absoluta, hará incompatible al pensamiento con la religión y eliminará a Dios de su relación real con el hombre. Pero esto lo hizo Marx fuera del contexto de Hegel. El positivismo es una reacción que tiene lugar en el siglo XIX contra las exageraciones del idealismo que se habÃa alejado de la ciencia moderna; y un intento de recuperar la conexión de la filosofÃa con la ciencia. Lo malo es que aquélla era aún la Ciencia Absoluta, que estaba a punto de quedar descartada; y para colmo el fundador del positivismo, Augusto Comte, se empeña en convertir el positivismo en una nueva y contradictoria religión. Ni de ella ni del positivismo quedan hoy las cenizas. Sin embargo, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, las pretensiones del positivismo causaron un gravÃsimo daño a la religión y especialmente a la Iglesia católica, a la que por confusiones polÃticas y culturales presentaban los positivistas como enemiga de la ciencia. Hoy nadie sabe quién es Augusto Comte, mientras Juan Pablo II acaba de solucionar para siempre el caso Galileo y proponer con admirable autoridad y aceptación las relaciones, nuevas y perennes, entre el pensamiento humano y la fe de Cristo. |
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