| Reflexiones sobre el Anticristo |
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| Viernes, 04 de Enero de 2008 15:41 |
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Página 1 de 2 Tomado de Los Signos del Anticristo de Ricardo de la Cierva. La existencia futura del Anticristo es, para los cristianos, un asunto de fe; en las cartas de San Juan, en las de San Pablo y en el Apocalipsis se anuncia la presencia y la venida del Anticristo, un ser diabólico, pero totalmente diferente de Satanás, un ser del que sabemos algunas cosas seguras, más de las que suelen creerse. Sabemos que -como nos revela la carta de San Juan- han existido varios anticristos; la serie empezó en el mismo tiempo de los Apóstoles y se cerrará con los Anticristos principales, las que denomina el Apocalipsis Bestia de la Tierra y Bestia del Mar, sin llamarles anticristos; pero toda la tradición cristiana les ha dado siempre ese nombre. Si por tanto hubo algunos anticristos al principio de la Era Cristiana y los dos principales aparecerán al fin de los tiempos, me parece no solamente lÃcito, sino obvio, deducir que la sucesión de anticristos ha sido prácticamente continua desde los Apóstoles hasta nosotros; y continuará «hasta el dÃa final» como le llama el Concilio Vaticano II. El nombre de Anticristo es terrorÃfico, pero el terror no debe clausurar la inteligencia. Anticristo significa etimológicamente dos cosas: primera, alguien que va contra Cristo; segunda, alguien que trata de suplantar a Cristo. Como ejemplo de alguien que va contra Cristo he citado a algunos heresiarcas encabezados por Arrio en los estertores de la Edad Antigua; porque el presbÃtero de AlejandrÃa negaba el rasgo más esencial de Cristo, que es su persona divina. Uno de los anticristos en que aparece con mayor claridad su carácter de enemigo personal de Cristo es el filósofo Friedrich Nietzsche, uno de los que han configurado, por desgracia, la mentalidad de nuestro tiempo en cuanto a sus más oscuros rebordes anticristianos. He citado muchos más casos. El Anticristo final, la Bestia del Apocalipsis, será un anticristo de odio contra Cristo y también de sustitución; porque su objetivo máximo consistirá en suplantar a Cristo, en borrar la imagen de Cristo en el corazón y la mente de los hombres. Uno de sus predecesores en el intento de suplantación puede ser Maitreya, el anticristo de la secta New Age que se quiere llamar Cristo, en el sentido pleno de anticristo. En figuras de la tradición intelectual católica, tan importantes y significativas como el gran jesuita AgustÃn Barruel, aparece la hipótesis (que él prueba en parte sustancial) de que la secuencia de los enemigos de Cristo y, por tanto de los anticristos, se ha desarrollado continuamente a lo largo de la Historia de la era cristiana. Precisamente este profundo historiador e intuitivo escritor, autor del libro más vendido entre los siglos XVIII y XIX, ha sido insultado hasta el intento de acabar con su doctrina y su memoria por quienes, curiosamente, se adscriben a los enemigos de Cristo; y considera a éstos a veces como personas individuales, a veces como agrupaciones o entidades colectivas. Por eso he incluido dentro de la serie de anticristos a la cadena gnóstica, detectada ya certeramente por Barruel, y dentro de ella a los cataros y a la MasonerÃa, por motivos que he explicado detalladamente en el texto. En cuanto a los ilustrados de la Enciclopedia, desde su agresivo patrón Holbach a los grandes santones como Voltaire y Rousseau, es evidente que configuran un conjunto anticristiano y por tanto un anticristo colectivo. Más cerca de nosotros la figura de Carlos Marx es formal y expresamente anticristiana y su creación universal, el marxismo en sus diversas formas, ha merecido al Papa Juan Pablo II la consideración de pecado contra el EspÃritu Santo y por tanto no puede eludir ante la Historia la calificación de anticristo colectivo. Creo que a lo largo del libro, en el que se tocan con la profundidad posible algunos problemas que hasta ahora prácticamente nadie se habÃa atrevido a tratar, se insinúan con fuerza suficiente dos de ellos: la relación entre la MasonerÃa y un sector de los judÃos y la generalmente aceptada intangibilidad de la MasonerÃa en los Estados Unidos. He utilizado el verbo insinuar porque es muy difÃcil profundizar más; los dos problemas parecen estar sometidos a una censura implacable que impide no ya un dictamen sobre ellos, sino incluso el intento de tratarlos. El ejemplo clásico es la MasonerÃa especÃficamente judaica de los Hijos de la Alianza, el B'nai B'rith, que no puede ni consultarse en Internet, porque la Red de Redes descarta, casi con violencia, cualquier intento de conexión al asunto, que por lo demás me parece del máximo interés social e histórico. La cuestión es que cuando alguien trata de ocuparse seriamente de cualquier problema relacionado con la conexión entre judaÃsmo y MasonerÃa, inmediatamente se echan sobre el imprudente voces airadas que decretan materia reservada a tal conspiración, y califican al tratamiento de «revisionista» cuando no lisa y llanamente de antisemita. Luego los poderosos órganos judÃos e israelitas de defensa en los medios de comunicación ahogan el asunto con su proverbial eficacia.
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