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Así, el leguaje es un círculo o juego de identidades que no deja de ser un juego de espejos. La mismidad de las cosas es “otra” en las palabras. De esta forma, el lenguaje es un juego de azar, opuesto a la finalidad; no hay un “telos” o fin predeterminado. De esta forma, “en el molino interminable de la palabra”, las palabras ya están allí pero, antes de hablar, no hay nada. Entonces, es sólo a partir del acontecimiento del lenguaje que se forman los objetos del mundo. El lenguaje es pues el acontecimiento primero; antes del lenguaje todo es oscuridad. El lenguaje se desarrolla a partir de sí mismo; se trata de romper y superar la unidad entre a palabra y el mundo. Si las palabras prestan su voz a las cosas, manifestando sus visibilidades y desdoblando el ser en su “no ser”, el lenguaje se desliza sobre la superficie de las cosas, haciendo por reduplicación de lo visible que las cosas nuevamente visibles. El lenguaje es el “intersticio” por el cual el ser y doble están unidos y separados.
De esta forma, según Foucault, el lenguaje es ausencia de ser; en sus interminables juegos se encuentran más bien semejanzas y desemejanzas, oposiciones y analogías, identidades y diferencias, todo lo cual no hace sino esfumar el ser. Si el lenguaje repitiera el ser, sería inútil porque es un lenguaje tautológico. Entonces, puesto que no se puede repetir el ser, no hay más que repetir indefinidamente el discurso. El lenguaje se convierte en un laberinto, en el que ya no es el ser de las cosas lo que se dice, sino el ser del lenguaje. El lenguaje se dice a sí mismo. El lenguaje es carencia de ser, pero en ese vacío existe el hombre mismo. En definitiva, el ser del lenguaje es el discurso. Más que poner al descubierto la realidad de las cosas, el lenguaje se pone en evidencia a sí mismo. Por lo tanto, no se posee el lenguaje sino que es una estructura que sobrepasa al hombre.
Michel Foucault pasa entonces del discurso del método al método del discurso. En Foucault, el discurso no es una cadena de razonamientos lógicos ya que está formado por enunciados, que a su vez son una formación de signos y tienen un campo asociado. El discurso tiene pues una existencia material (texto escrito, discurso hablado, gráfica pintada, etc.) y está sometido a parámetros espaciotemporales pero, a la vez, es espacio de coexistencia de relaciones que constituyen una misma formación discursiva y que determinan una episteme. Al modelo teleológico de la razón, expuesto en series lineales que siguen una evolución progresiva hasta su ulterior planificación en un modelo ideal, Foucault opone la existencia de espacios de coexistencia de formulaciones discursivas dentro de un estrato del saber.
Aún más, el discurso funciona como el a priori en relación con todo el ámbito del saber humano.
Y es un a priori histórico porque cada época tiene su propia episteme. Analizar los discursos de una época en su red arqueológica, es detectar los principios del saber tal como se hallan configurados en el a priori discursivo e histórico. De este modo, lo visible funciona como aspecto receptivo, y el poder, funciona como el factor explicativo. El poder es explicativo porque es el poder el que hace hablar y hace ver. Así entonces, ya no se trata de la inmanencia del orden discursivo, sino del efecto práctico del discurso en la vida social. Según Foucault, la práctica social y política está mediada por el discurso. Ya Gorgias de Leontini insistía en que la palabra no dice el ser. El discurso vale como retórica, esto es, como efecto que el hablante quiere suscitar en el oyente. No es desde la verdad como debe ser analizado el discurso, sino desde el lado político y pragmático. Por ende, el discurso es instrumento de poder, pero también meta y fin de la lucha. El discurso debe darse pues desde la “no verdad”.
Foucault sostiene que en toda sociedad la producción del discurso está siempre limitada; no es posible decirlo todo sobre todas las cosas. Existe pues una interdicción social. Para Foucault, es a través de la educación que el sistema dominante (episteme) mantiene la interdicción: “La educación es una forma política de mantener o de modificar la adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que implican”. Rechaza pues Foucault al sujeto como soberano de la palabra, repudiando toda hermenéutica que se apoye en el sentido oculto del texto. Afirma pues Foucault de aplicar “el discurso (que) es una violencia que hacemos a las cosas, en todo caso… una práctica que les imponemos”. En esta perspectiva, en lugar del sujeto constituyente, hay que pensar en las condiciones externas de aparición del discurso, en su aleatoriedad. En lugar del sentido oculto, es necesario recuperar la idea del discurso como acontecimiento, como irrupción instantánea, aleatoria y discontinua en el juego de la palabra. A este efecto, a la hermenéutica tradicional, Foucault opone los cuatro principios de la metodología discursiva, a saber, el principio de trastrocamiento (en lugar de abundancia discursiva se supone el enrarecimiento del discurso por cortes y discontinuidades); principio de discontinuidad (existen prácticas discursivas que se cruzan, yuxtaponen, excluyen o ignoran); principio de especificidad (no hay significado primero que el lenguaje trata de patentizar, sino una práctica impuesta a las cosas); principio de exterioridad (analizar los discursos en sus condiciones externas de aparición).
Tal como lo indica Foucault, es a través del lenguaje que se procura sustituir el “cogito” cartesiano y desplazar al “hombre” como eje de la episteme moderna. El “hablo” funda el nuevo discurso del saber y desplaza al sujeto. El lenguaje se convierte en el a priori fundamental, a la vez que en el método de “formación” de los objetos del discurso. Michel Foucault desarrolla entonces una concepción estratégica de la sociedad, en oposición a la concepción jurídica. La sociedad es un campo de fuerzas, expresión de un juego de fuerzas en conflicto, de poderes y contrapoderes. El discurso es pues un arma dentro de la lucha social, bien del poder como del contrapoder. Concientemente Foucault busca ir más allá del análisis marxista centrado en el poder económico. A juicio de Foucault, Marx estudió bien el problema de la explotación económica, pero aún queda por hacer la crítica del poder político.
Afirma Michel Foucault que no debe concebirse el poder como si fuera uno y centralizado. En la sociedad se da una red de poderes, en niveles distintos, con fuerza desigual y diferente eficacia. Foucault enfatiza el entendimiento de la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen que constituyen el sistema social. Foucault se centra en poner de manifiesto los mecanismos del poder. Por tanto, no existe un único poder, sino una retícula de poderes, los cuales se expresan en el discurso de las prisiones, las fábricas, escuelas, aparatos judiciales, etc. No cabe pues hablar del poder sino de los poderes. Asimismo, no basta decir que el poder reprime y es una fuerza negativa ya que es una estrategia, un mecanismo. El poder crea su propia eficacia, crea ámbitos de saber, rituales de verdad, campos de realidad. El poder “normatiza” y disciplina, valiéndose de la diferenciación entre lo normal y lo anormal. Ante todo, el poder ejerce funciones de normalizacion, estableciendo los límites entre lo bueno y lo malo. El poder es la ley, de modo que más que suprimir los ilegalismos, el poder los administra. Por extensión, la sociedad moderna del capitalismo industrial es una sociedad disciplinaria. La disciplina es la otra cara del capitalismo, la cual se expresa como tecnologías del poder.
Aprecia Foucault que la oposición al poder no es exterior a él. En tanto todo poder crea resistencia, la oposición es inmanente a él, a cada forma de su estrategia, a cada nivel de su eficacia. Por ende, no existe una única fuerza del gran rechazo. Por tanto, no es solución a la totalidad de la sociedad la mera toma del poder por un grupo, de manera que la lucha no puede centrarse principalmente ahí. Aún más, constata Foucault que los poderes no están relacionados en forma externa con lo económico; su vínculo es íntimo. Expresamente Foucault quiere superar la comprensión marxista de la relación infraestructura - superestructura, ya que el poder está en todas partes, en todas las modernas instituciones disciplinarias. Del mismo modo, la oposición opresores - oprimidos debe ser reemplazada por mecanismos y relaciones más complejas que traduzcan las distintas fuerzas en el sistema de poderes. La misma teoría de las ideologías debe ser rechazada por una relación más compleja. El discurso revolucionario debe por tanto ser realizado estratégicamente, es decir, “micropolíticamente”, en términos focales, locales y cotidianos.
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