| La Legitimación de la Sodomia - Página 2 |
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| Jueves, 22 de Mayo de 2008 18:40 |
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La naturaleza humana se halla determinada sexualmente como macho o como hembra, y tal diferencia sustancial se manifiesta primariamente como relación de complementariedad, la cual se echa de ver en grado sumo en la unión matrimonial. Ningún acto volitivo puede cancelar esta bipolaridad sexual («Opinamos que todo homosexual es, en realidad, un heterosexual latente»: Irving Bieber y otros, Omosessualitá, II Pensiero Scientifico Editore, 1997, p. 241), la cual atañe, en la unidad del comportamiento humano, tanto al cuerpo (caracteres sexuales somáticos) cuanto al alma, de arte que el sexo, el cual se determina en la concepción, queda fijado por toda la eternidad e implica, como tal, una inclinación relacional precisa hacia el sexo opuesto (nadie es un homosexual por naturaleza). Sin embargo, la humanidad, herida por el pecado de los protoparentes, está expuesta a la perversión de sus inclinaciones naturales, inclusive la sexual, la cual, aunque se regula por la complementariedad en el seno del matrimonio y tiene por finalidad la procreación, puede, con eso y todo, volverse también hacia fines distintos del natural, con lo que se generan esas graves patologías psiquiátricas que se denominan "necrofilia", "pedofilia", "zoofilia" y "homosexualidad". La homosexualidad no muda la naturaleza del individuo (p. ej., la ceguera priva al ciego de la vista, pero no cancela su naturaleza de vidente, en el sentido de que el ser humano está hecho para ver): los gustos y los hábitos homosexuales le parecen connaturales al invertido a causa de su patología, no ya porque tales actos y hábitos dejen de ser objetivamente antinaturales. La teología confirma lo que la razón demuestra al denunciar como herética la proposición «el pecado contra natura (...) aunque es contrario a la naturaleza de la especie, con todo, no se opone a la naturaleza del individuo [homosexual]» (Etienne Tempier, Opiniones 219 condemnatae [219 opiniones condenadas]). ¿Son moralmente lícitos los actos homosexuales? Si bien la inclinación homosexual ofende a la naturaleza humana al negar la inclinación de ésta al matrimonio, con eso y todo, son los actos homosexuales los que se configuran como moralmente malos en sí mismos en cuanto reducen al acto dicha ofensa y privan a las relaciones sexuales de su fin natural, que es la procreación: los actos homosexuales «privan al acto sexual del don de la vida. No son el fruto de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden ser aprobados en manera alguna» (CCC, 2357). Un acto es moralmente bueno sólo cuan do sus tres elementos constitutivos (acto interno o intención, acto externo y circunstancias) responden todos al bien, mientras que basta la maldad de uno solo de tales elementos para determinar la maldad del acto: «bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu» [«El bien procede de una causa intacta; el mal, de cualquier defecto»]. Ahora bien, para que un acto sexual sea bueno, la intención debe ser la de relacionarse sexual-mente en el seno del matrimonio, a la luz de la castidad conyugal; el acto externo deber ser una relación sexual apta de suyo para la generación de los hijos y tal que se realice de manera humana entre los cónyuges, y las circunstancias han de ser las siguientes: que el acto se consuma en la intimidad, no durante los periodos consagrados a la abstinencia, etc. Como es fácil de comprender, el acto homosexual carece de bondad tanto por el lado del acto interno cuanto por el del externo (no es apto para la procreación, no se realiza entre cónyuges, no es humano, sino ferino, etc.): es el objeto mismo del deseo homosexual el que resulta ilícito e intrínsecamente perverso. Las circunstancias, por lo demás, también son inmorales a menudo en las relaciones homosexuales. La principal objeción que se suele aducir estriba en negar, por un lado, la natural complementariedad sexual, y, por el otro, la procreación en tanto que causa final del acto sexual, al paso que se identifica con el placer el auténtico fin de la sexualidad, con lo que se equiparan la homosexualidad y la heterosexualidad. Dicha objeción es fácil de refutar, dado que la causa final particular de un acto no puede ser sino su perfección (identidad de fin comporta identidad de acto), mientras que el placer es un móvil natural de todas las acciones humanas, y, puesto que los actos humanos son diferentes, y diferente es asimismo la perfección particular a la que tienden, el placer no puede ser la causafinalis de la sexualidad, ni tampoco de los demás actos humanos, al ser la causa impulsiva generalísima: «La naturaleza no ha previsto ninguna operación que tenga por fin la obtención del placer y nada más. En efecto: constatamos que la naturaleza ha puesto el placer en aquellas operaciones que son las más indispensables en la vida, como en el uso de los actos venéreos, mediante los cuales se perpetúa la especie, o en el uso de los alimentos y las bebidas, por medio de los cuales se conserva el individuo" (Giacomo de Pistoya, La felicita suprema, 9; cf. S. Th., III, q. 31, y II-II, q. 141). Distinguiendo los actos homosexuales de la condición o tendencia homosexual, la razón conduce por sí sola al reconocimiento de que la segunda es una inclinación objetivamente desordenada, y de que los primeros constituyen una grave culpa moral. Lo atestigua el filósofo por excelencia, Aristóteles, quien, tres siglos antes de Cristo, reconoció racionalmente que los actos homosexuales pertenecen a la categoría de los "comportamientos bestiales" (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1 148,24-30), y son, por consiguiente, indignos del hombre. Ya Platón había condenado la sodomía en cuanto práctica antinatural (Platón, Leyes, 836 C). Si queremos examinar el juicio de la ley moral natural sobre la homosexualidad (inclinación y actos) tal como ha sido recibido históricamente, y precisar la accidentalidad de la praxis histórica respecto del juicio de la razón, debemos deshacer algunos mitos. En efecto: la idea según la cual se pensaba en la antigüedad que la homosexualidad era moral y conforme con la ley natural es pura propaganda, burdamente anacrónica por otro lado, como que proyecta sobre la clasicidad ideas totalmente modernas como el concepto cultural de "género" y la negación de la finalidad procreadora de la sexualidad. Aunque es verdad que los gentiles toleraban las relaciones homosexuales en tanto que ocasión de placer, debe precisarse que tales actos no eran exclusivos al ser nada más que un instrumento de placer que no excluía la verdadera sexualidad procreativa ligada al matrimonio. El matrimonio era una prerrogativa exclusivamente heterosexual. Nunca se consideró familia a una pareja homosexual; más aún, a la misma pederastía, aunque se la practicaba y toleraba mucho, se la consideraba una debilidad moral, si es que no un vicio, hasta el punto de que la negativa que opuso Sócrates a los ofrecimientos sexuales del joven Alcibíades constituyó una razón más de admiración hacia el sabio ateniense (cf. Platón, Banquete, 217-219 e). Juvenal, en las Sátiras, condena la homosexualidad en tanto que vicio, causa y síntoma de decadencia moral de la civilización, mientras que el historiador Tácito define a los sodomitas como un "hatajo de viciosos" (Anales, XV, 37, 8), y juzga severamente, junto con Suetonio y Dión Casio, los desviados hábitos sexuales de Nerón. Lo que se ha dicho da a entender cómo juzgaba a la homosexualidad el sentido común de los gentiles, que se parece al de los paganos actuales, que miran la sodomía (especialmente la pasiva) con desprecio y reprobación. La inmoralidad de la sodomía es de una claridad tan patente, que la misma modernidad, aunque atea y sorda a la ley natural, no ha llegado a afirmar la bondad moral de aquélla sino en los últimos decenios, es decir, después de que cayeran también, en la casi totalidad de los países occidentales, los pocos baluartes intelectuales de la conciencia recta que habían sobrevivido a las devastaciones precedentes. Dado que la obra popular divulgativa italiana por excelencia, bien que de clara matriz iluminista, define la voz "homosexualidad" como "aberración sexual" (Enciclopedia Garzanti Universale, 1962/69), y dado también que la misma cultura marxista-leninista catalogó a la sodomía entre los vicios antisociales, por no hablar de Freud, quien, aunque era hostil a la fe y a la moral, se centró, con todo, en la cura psiquiátrica de los invertidos, no puede uno dejar de reconocer, como conclusión, en estos testimonios de los enemigos de la verdad, la obviedad del juicio moral sobre los actos homosexuales, una obviedad tal, que incluso quien negaba a Dios y negaba la realidad no osaba, so pena de caer en el ridículo, afirmar lo contrario. |
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